Petterson

Load, André Petterson, 2011

Yo diría que hay tres clases de niños: los que desarman los aparatos eléctricos con la intención de comprender cómo funcionan, aunque sea de un modo aproximado, los que rompen esos aparatos por el puro gusto de la destrucción y el reciclaje, y aquellos otros que, en el interior de los viejos televisores de tubo, por ejemplo, encontraron (como yo lo encontré) un mundo de volúmenes y colores vedados, un paisaje alucinante, misterioso, e incluso evocador. Debe ser por eso por lo que ahora colecciono viejas bombillas de filamento, ahora que a marchas forzadas se repliega el viejo reino de la luz incandescente. Me parecen realmente hermosas y delicadas las viejas bombillas de filamento (reconozco que a veces las contemplo igual que el viejo loco de Amarcord observaba maravillado un huevo de gallina), y pienso que debe ser una fascinación similar la que siente André Petterson por los objetos de una tecnología obsoleta pero cotidiana y -aunque por poco tiempo- todavía cercana: máquinas de escribir y de coser, bicicletas, pianos, y cordajes y cables de todo tipo. En estos tiempos de Obsolescencia Tecnológica Planificada solo cabe rememorar una época dorada en la que cualquier aparato, ya fuera una bicicleta o una batidora, eran sin duda menos ligeros y llamativos que los actuales, pero también más robustos, más resistentes, y a veces dotados incluso de diseños extremadamente sobrios y bonitos.

Overflow contracted, André Petterson, 2011 (?); Ragtime, André Petterson, 2011

Estos objetos permiten a Petterson mantenerse en un registro cromáticamente muy reducido y figurativamente no muy explotado, pero sobre todo se convierten en el detonante de una energía particularmente poderosa sobre la superficie del lienzo. Petterson los convierte en naturalezas muertas, pero en naturalezas muertas totalmente convulsas. Todos estos cacharros guardan en común el ser dispositivos a través de los cuales se encauzó, con diferentes resultados pero siempre de un modo directo, la energía motora del cuerpo humano: innumerables desplazamientos en el caso de la bicicleta, miles de prendas en el caso de la máquina de coser, cientos de crónicas periodísticas o novelas de miles de páginas en el de la máquina de escribir. Dicen que los dedos tienen memoria, y que algunos de nuestros movimientos pueden aprenderse y repetirse sin necesidad de confiarlos a órdenes totalmente conscientes. El impoluto vacío, el espacio privilegiado en el que Petterson coloca estas naturalezas muertas, el silencio abrumador que las rodea, no hace sino provocar un ruidoso y súbito rebrote de la memoria, el florecimiento y la inmediata fosilización del sonido, algo así como como el último mugido -vengativo, inquietante, pero también hilarante- de un enorme motor tras el cual todas las piezas deciden de mutuo acuerdo rendirse y descomponerse, pero desprendiendo antes el nivel más alto de su furia y de su contenida locura.

Meridian, André Petterson, 2011

Obra de André Petterson en Bau-Xi Gallery

Acerca de Rrose

https://maquinariadelanube.wordpress.com/595/
Esta entrada fue publicada en Arte y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Petterson

  1. mmm, vaya… indagaré en este tipo… Gracias por el descubrimiento!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s