Kander

Untitled # 1, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2002

Nadav Kander nació en Tel Aviv en 1961, creció en Johannesburgo, y actualmente reside en Londres. Por si este periplo vital no fuera suficiente, Kander ha recorrido el otro medio mundo que le faltaba con su cámara, y sus fotografías han alcanzado un enorme prestigio y popularidad. Tanto es así que se le concedió el privilegio de retratar a Barack Obama y su equipo de gobierno al completo para un reportaje del New York Times. Además del retrato, Kander es un auténtico maestro en la captación del paisaje, sus desnudos son fascinantes, y ha recibido varios premios por una larga de serie de fotografías que captan la atmósfera de la China actual tomando como excusa el recorrido del río Yangtsé. Sus fotografías son excelentes siempre, no me cabe la menor duda, pero entre todo este despliegue de geografías y de personalidades, las imágenes que particularmente me ha llamado más la atención, las que me han obligado a detenerme más tiempo frente a ellas, son las que forman una pequeña serie titulada The Parade. Se trata de fotografías de un pequeño conjunto de viviendas apostadas junto a la costa en el sur de Inglaterra. Todas las imágenes se tomaron durante la noche o durante las últimos instantes del ocaso, y en una oscuridad casi total.

Untitled #4, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

El planteamiento es, al menos en apariencia, muy sencillo. Kander aposta su cámara frente a alguno de los ventanales de cada una de las viviendas y logra que la fría penumbra ambiental del exterior haga un bonito contraste con la cálida luz del interior de los hogares. El encuadre, como en toda su obra, está exquisitamente elegido: vemos tan solo una parte del exterior de la casa, el tejado quizás, o una porción de la fachada, y la ventana fotografiada provoca un efecto de reencuadre o de imagen dentro de la imagen. La mayor parte de las veces lo que estas ventanas nos dejan adivinar es tan solo una sala de estar vacía, o uno o varios moradores mirando la televisión, escribiendo, realizando tareas comunes… Si el espectador de estas fotografías fuera un cinéfilo, estoy seguro de que encontraría en ellas un eco cinematográfico. Si esas habitaciones nos producen algún tipo de inquietud, si pensamos que esconden algún misterio es únicamente porque Alfred Hitchcock utilizó el mismo recurso para construir la poderosísima narración visual de Rear Window (1954).

Fotograma de Rear Window (La ventana indiscreta), Alfred Hitchcock, 1954
Untitled #34, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

En aquella película un fotorreportero usaba el teleobjetivo de su cámara para observar a sus vecinos. Pocas obras creadas por el hombre han explotado de un modo tan intenso y complejo la arquitectura, pero sobre todo las ventanas, como pilar narrativo. La noche permitía al personaje interpretado por James Stewart dar rienda a su voyeurismo sin ser advertido, y la luz del interior de cada una de las viviendas convertía cada ventana en algo así como una pequeña pantalla de cine en la que era posible desentrañar una historia diferente. Ahora sabemos que Hitchcock fue, además de un inconmensurable cineasta, un mirón incorregible. Habría que plantearse cuál es exactamente el punto en que el artista y el voyeur común convergen o, por decirlo de un modo quizás más preciso: en qué divergen si es que a fin de cuentas divergen en algo. Krzysztof  Kieslowski recurrió a una retórica muy similar en Krótki film o miłości (aka A short movie about love, aka No amarás, 1988), pero esta vez no había teleobjetivo sino un telescopio, el relato no transcurría en Greenwich Village sino en Varsovia, y no sostenía una trama de tipo policíaco sino un torturado ensayo en torno al amor y sus obstáculos. En todo caso, no es el cine el único ascendiente de las fotografías de Kander. Insisto, ahora sabemos que Hitchcock fue un mirón incorregible, pero, por ello mismo, un hombre atento también al medio artístico y literario de su tiempo. De sobra son conocidas sus colaboraciones con Salvador Dalí, pero quizás fue más decisiva su admiración por la obra de Edward Hopper (1882-1968), ya que los lienzos de éste resuenan claramente en varias de sus películas. ¿Qué fue Edward Hopper sino otro excepcional mirón que supo aquilatar en sus cuadros todo aquello que tuvo la serenidad de observar con detenimiento en el mundo que le rodeaba?

Night windows, Edward Hopper, 1928
Untitled #12, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

Pocos supieron captar como Hopper la desolación del modo de vida norteamericano y el sentido exacto de esa luz eléctrica que a la caída de la noche seguía iluminando las viviendas y las oficinas, una luz que, ya fueran sus tonos fríos o cálidos, no lograba maquillar unos espacios interiores de por sí inhóspitos y cargados de melancolía. En Las historias secretas que Hopper pintó (Icaria, 2009) la historiadora del arte Erika Bornay recreó historias a partir de los personajes y las situaciones contenidas en los cuadros del pintor norteamericano en un ejercicio de saludable fricción entre la literatura y la pintura.  No hay, por el contrario, la intención de sugerir ninguna subtrama literaria en las fotografías de Kander, como tampoco esconden un drama asociado a ninguna pasión humana en particular. Las imágenes del pintor y el fotógrafo, a diferencia de las cintas de Hitchcock y Kieslowski, actúan sobre el instante detenido, y lo que estas fotografías nos dicen está mucho más cerca de lo que los lienzos de Hopper solo a medias sugieren.

Untitled #29, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

Veamos lo que su autor dice acerca de The Parade

The Parade es el nombre de una tranquila carretera costera del sureste de Inglaterra. Cubriendo una distancia aproximada de dos millas, más o menos 150 casas se alinean junto a la carretera y comparten una visión sin obstáculos del mar desde el puerto, mientras que en su parte trasera se encuentran a la sombra de la central nuclear de Dungeness, la más antigua de Inglaterra.
Contenidas en el espacio aparentemente privado de sus propios hogares, vemos personas realizando tareas domésticas sin importancia, acciones que nada tienen de particular y que son, por el contrario, universales. Yo creo que dicen mucho acerca de nosotros mismos.
Toda mi obra obedece a la intuición. The Parade no fue diferente. Conducía al anochecer por esa carretera pespunteada de casas. Sus interiores estaban encendidos, me recordaban fotogramas de películas que parpadeaban. Regresé e hice fotografías en tres ocasiones. Fue después de completar la serie cuando me di cuenta de lo que realmente me había llevado allí. El programa de televisión Gran Hermano se había emitido por primera vez en el Reino Unido y esto me fascinó en dos sentidos. Por un lado, el hecho que la gente disfruta y le atrae ver a otra gente llevando sus vidas normales, y por otro, cómo este programa iba modificar los valores en torno a la privacidad. Así que, mirar hacia dentro a través de la ventana era un modo de mirar hacia afuera, e intuitivamente me pareció una respuesta adecuada. Mi obra gira siempre en torno a las señales que nos indican que existimos, y este conjunto de fotografías propias de un voyeur no es diferente.
Nadav Kander
Untitled #42, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

Evidentemente, la privacidad y su vulneración forman parte del mensaje de estas fotografías, pero el nivel de vulneración de la intimidad que las fotografías de Kander ofrece es prácticamente nulo. ¿Qué ha impedido a un fotógrafo que ha retratado al mismísimo presidente de los Estados Unidos fotografiar el interior de quince o veinte domicilios desde un punto de vista más próximo? ¿Qué le ha impedido fotografiarlos desde su mismo interior si ese hubiera sido su deseo? Absolutamente nada, de no ser porque la distancia en sí misma, el distanciamiento, la separación, son ingredientes fundamentales en estas imágenes del mismo modo que lo fueron en la película de Hitchcock, en la de Kieslowski, y también en el lienzo de Hopper, que se cuidó mucho de no llevarnos al interior de esa habitación nocturna sino de ofrecernos una escena lejana y, más importante aún, fragmentaria, incompleta. El reencuadre centrado y preciso de Kander, la imagen dentro de la imagen, e incluso el calculado contraste cromático, logran enfatizar el trayecto de la mirada, lo poco que se ofrece y lo mucho que se niega, la fatiga visual en el desvelamiento de lo que solo parcialmente podemos intuir. Lo que se nos ofrece, en resumidas cuentas, no es tanto un interior sino una mirada que conduce infructuosamente de un espacio abierto a otro cerrado. Una inquisición. Y no sabría decir si la visión de Kander está enternecida por el espectáculo al que asiste o si la rige más bien el sentido del humor, el desafecto o la crítica. Me inclino a pensar que se trata de todas estas cosas a un tiempo, lo que aporta mayor valor a las imágenes.

Untitled #19, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

Hace unos meses estuve leyendo Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), la novela de Mary Shelley, y el pasaje del libro que con diferencia me atrajo más fue aquel en el que el engendro del doctor Frankenstein, a poco de su creación y atemorizado por la animadversión que produce en los seres humanos, decide ocultarse en un establo adosado a una vivienda de campesinos. Allí descubre un pequeño orificio a través del cual puede observar el interior del hogar, las escenas domésticas de sus moradores. Los ve cocinar, leer, trabajar, aburrirse, cantar, reír y llorar, y el monstruo se siente fascinado por todo ello. Shelley recurrió al más inocente y solitario de los seres para ofrecer una visión del hombre levantada sobre una tabula rasa imposible: la misma que había pretendido el pensamiento ilustrado, con la salvedad de que la autora quiso glosar también la otra cara de la moneda: la crueldad, los prejuicios, y la maldad connaturales al hombre, atributos de los que el monstruo será víctima y de los que se servirá a su vez para practicar el terror. En el polo opuesto de ese tipo de retrato áulico realizado en la Casa Blanca del que solo puedo decir que es vagamente ético o cercano, Kander realiza en The Parade un modesto ensayo acerca del espacio doméstico, tanto más jugoso cuanto menos humanamente cercano y más distanciado. No hay historias particulares en The Parade, Kander no ha dejado resquicio para ello, y nos hace oscilar entre la invitación a la calidez de las viviendas, entre la belleza de lo modesto, lo íntimo o lo anodino por un lado, y por otro la razonable desconfianza que produce ese amplio rango de inquietudes a las que el ámbito de lo doméstico también da cobijo: la soledad, la incomunicación, la necesidad de evasión y de aislamiento, la falsa ilusión de sentirnos en un espacio privilegiado que no es ni más ni menos que idéntico al de otros muchos seres tan cansados y tan frágiles como usted y como yo, pero en todo caso mucho más reales que aquellos que la pantalla de televisión sin cesar nos arroja.

Untitled #31, de la serie The Parade, Nadav Kander, 2004

Página web de Nadav Kander

Acerca de Rrose

https://maquinariadelanube.wordpress.com/595/
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4 respuestas a Kander

  1. Jorge dijo:

    Que maravillosas fotografías, cuanta narratividad potencial dejada a la imaginación del espectador. Tengo un sobrina de 6 meses y una de las cosas que más me intriga es ver como examina todo lo que tiene alrededor con tremenda fascinación, es una escaneadora visual permanente. Verla a ella me ha reflexionar sobre la debilidad humana por la visión, por ver y apropiarnos visualmente de todo lo que podamos. El arte en el fondo es una manera más de satisfacer esta parafilia visual voyerista, me vienen a la memoria la Olimpia de Manet, las Demoiselles Picasianas, el Étant donnés Duchampiano o la última exposición de Juliao Sarmento en Madrid: Distancias Cortas. Quizás, como decía Adorno, el arte actual tenga algo que ver con la pornografía, o quizás miramos para reconocermos en lo que miramos, para que “nos devuelva la mirada” como decía Lacan. Lo que no cabe duda es que seríamos tremendamente felices si pudiéramos ser los guardias de un panóptico de los que hablaba Foucault, desde el que poder verlo todo sin ser jamas visto, algo similar a lo que hace James Stewart en Rear Window, o lo que hacemos todos al encender la Tv para espiar la vida de los demás en un reallity.

  2. Rrose dijo:

    Definitivamente tengo que echarle una amplia ojeada al Vigilar y Castigar de Foucault. Y totalmente de acuerdo con tus palabras, Jorge. Sobre esto del arte como voyerismo siempre me acuerdo de una obra de William Staehle: http://farm6.static.flickr.com/5208/5253912233_3c7f67a617_b.jpg

    jejeje, saludos ;)

  3. Interesante, yo hace poco empecé a hacer una seríe de fotos a personas asomadas al balcón o ventana de su casa. Observar, mirar hacía arriba, mirar, detenerte, y que la otra persona no se percate de tu presencia. El cazador en busca de un objetivo, su mirada melancólica hacía la calle, su mundo exterior desde el suyo interior..
    http://www.flickr.com/photos/mariajpm/sets/72157626691406036/

  4. Rrose dijo:

    ..pues son muy bonitas, Síndrome ;)

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