Acosta

Dama pequeñísima
moradora en el corazón de un pájaro
sale al alba a pronunciar una sílaba
NO
Alejandra Pizarnik

El corazón del gorrión común (Passer domesticus) late unas 850 veces por minuto, y el de un colibrí gorgirrubí (Archilochus colubris) hasta 1200 por minuto. Huelga decir que el Sistema Evolutivo se esmeró con las aves. El vencejo común (Apus apus) completa su ciclo vital en el aire: come, duerme y copula volando. Numerosas especies describen rutas migratorias que cubren, literalmente, medio mundo. Los dibujos y los collages de la ilustradora Alejandra Acosta (Santiago de Chile, 1975) son algo así como nidos para una especie de ave muy poco común: el Pájaro contemplativo, animal de raras costumbres que lo mismo es músico, que maquinista, mago, ortodoncista, o jinete del misterio. Yo nunca aprendí a tomar correctamente en mi mano un pájaro, nunca quise aprender. Dicen que hace falta firmeza y ternura, y es exactamente el mismo tipo de impericia la que siento en este mismo instante en que decido y me obligo a escribir unas líneas sobre las imágenes de Ale Acosta. ¿Qué decir que no rompa el encanto de este dormitorio a medio camino entre la anatomía, la geometría, las sombras chinescas, los instrumentos musicales y el vuelo de unas muchachas leves como hojas quebradizas?

Detener la palabra
un segundo antes del labio,
un segundo antes de la voracidad compartida,
un segundo antes del corazón del otro,
para que haya por lo menos un pájaro
que puede prescindir de todo nido.

Roberto Juarroz

El pájaro contemplativo

Acerca de Rrose

https://maquinariadelanube.wordpress.com/595/
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14 respuestas a Acosta

  1. cosa delicada la de un pájaro que tiembla entre las manos. así la obra de esta artista, que luego de vista, sigue temblando en el recuerdo.

  2. Me gusta Piznarik… y lo q has escrito del pájaro es tán curioso… a mi tampoco nunca se me dieron bien los pájaros. Quizás tampoco controlar los latidos de mi corazón cuando me pongo nerviosa…

    En cuanto a las ilustraciones son preciosas, ya conocía a la autora.

    Un saludo!

  3. Ale Acosta dijo:

    Qué decir que no rompa el encanto de tus palabras?
    Muchas gracias por este regalo, Rrose… lo guardo entre las plumas de mi almohada!

  4. Rrose dijo:

    De nada Ale, es un placer tenerte también aquí. Ya no se puede decir que la maquinaria de la nube no tiene corazón. Y vaya corazón!

    besos y expresiones ;)

  5. ana dijo:

    precioso, jefe…

  6. federico hurtado dijo:

    Rrose:
    Tus palabras son otra joya de la alta fontaneria .
    Delicadisimas y poeticas en este caso ,a tono con la preciosa obra de Alejandra Acosta
    la que admiro a poco de conocerla.
    Seguí buceando en los ductos de la internet que evidentemente tu talento para hallar perlas no tiene limites.
    Un abrazo .
    Federico.

  7. Rrose dijo:

    ¿Qué más podría yo decir? La semana que viene toca artículo obtuso y largo, pero hoy quería únicamente invitaros, daros la llave a un espacio distinto que de seguro no puede defraudar.

    Alfonso, Síndrome, Gorriona, Federico: todo el mérito es de Alejandra! Hasta los versos se los robé a ella, porque los poemas y los buenos libros -y hasta los pájaros de la cabeza- se le salen por las orejas a esta chica infraleve!! Un auténtico placer

    Saludos ;)

  8. rubecula dijo:

    Gracias por tener la cabeza llena de pájaros…

  9. Rrose dijo:

    jeje, gracias a tí por leer, Petirrojo Huercalense!

  10. gdsm dijo:

    Cuando se ofrece el nombre científico de una especie, el primero de los dos términos va en mayúsculas, el segundo no.
    Fascinante blog que sigo desde hace tiempo. Hasta ahora todo había sido perfecto.

  11. Rrose dijo:

    Arreglado, gdsm! me alegro de que te guste la maquinaria y, por supuesto, muchas gracias por la corrección. Las correcciones siempre son bienvenidas aquí ;)

  12. maria dijo:

    Rose
    !Qué disfrute tus entradas!
    Un placer, las espero con ansiedad.
    Saludos
    El Tapiz del Antílope Volador

  13. NoE dijo:

    En el difuso claror de la mañana, pequeños musicos afinan la gravedad.

  14. Pingback: La herida de la exigencia II | En tu propia nube

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