Villinsky o el (viejo) sueño de volar

Dreamer, Paul Villinsky, 2003

No sé a usted, pero a mí ese preciso instante en el que el cuerpo y la mente pasan de la vigilia al sueño lo he sentido siempre como una caída, como una precipitación. Caer dormido, es lo que suele decirse. Precipitación en un sentido gravitatorio pero tambien químico, porque al caer dormido se produce la reacción en cadena que nos aleja de un mundo dominado la lógica hacia otro muy diferente, regido únicamente por sus propias e imprevisibles leyes. Sin embargo la caída que conduce al sueño es por definición breve y transitoria, muy similar a ese brevísimo momento de incertidumbre que precede al despegue del vuelo. De la evocación onírica del vuelo, de la ingeniería que le es propia y de su reinvención se ocupa la mayor parte de la obra de Paul Villinsky (York, Maine, 1960).

Sortie, Paul Villinsky, 2005

Y es que ocurre que nuestro tiempo no ofrece ya nada al viejo deseo de volar, porque el hecho de transportarse a través del aire es, desde hace demasiado, un acontecimiento prácticamente cotidiano. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que la idea del vuelo perteneció por entero al dominio de la poesía y del delirio. El mito fundacional lo ostenta Ícaro, pero su espacio vital es únicamente el de la literatura de la Antigüedad, y su sentido, moralizante. A medio camino entre la leyenda y el dato histórico fehaciente, Ibn Firnas (810-887) pasa por ser el primer hombre volador, ya que se lanzó desde el alminar de la mezquita aljama de Córdoba, según cuentan unos, o desde la zona alta de la ciudad, según otros, pertrechado con una especie de alas de madera forradas de seda que le permitieron planear lo suficiente como para no morir en el intento. Después de esto, y hasta la tozuda hazaña de unos fabricantes de bicicletas conocidos como Hermanos Wright, prácticamente nada. Es cierto que Leonardo hizo aquellos fabulosos dibujos, pero fueron los Wright los que relanzaron totalmente el mito, y a partir de ese momento nada volvería a ser lo mismo. Aviones, zepelines, helicópteros, y artilugios en todos los grados de la inverosimilitud pueblan la obra de ese artista inclasificable y genial que es Panamarenko (Antwerp, 1940), y al que sin duda Villinsky tiene muy, pero que muy presente.

Air Chair, Paul Villinsky, 2005

La ingeniería de Villinsky es aún menos plausible que la de Panamarenko, pero también más poética, más modesta y más frágil, moviéndose en registros algo menos ambiciosos, pero también algo más arquetípicos. Es el caso de las camas, o de las sillas: objetos pensados expresamente para la estabilidad, o más específicamente para el reposo, y a los que Villinsky en cambio injerta unas enormes alas. Dreamer (2003) asocia el vuelo con el sueño, pero Air chair (2005), ensamblaje de una silla de ruedas y unas enormes alas, convierte el vuelo en una metáfora de liberación física y espiritual con un sentido de superación:

Comprendo perfectamente por qué el ser humano ha soñado siempre con unirse al vuelo de los pájaros. Como escultor, mi intención con Air Chair era comenzar con lo que en principio es una imagen de la limitación terrenal –una silla de ruedas- para luego “liberar” esa imagen con la imaginación para hacerla despegar. Confío en que los espectadores harán partícipes su propia imaginación tomando los controles de la Air Chair.

Consolation (Wings for my father), Paul Villinsky, 1997; Wishful thinking, Paul Villinsky, 1998

En Consolation (Wings for my father)(1997), por otro lado, se intuye un ingrediente autobiográfico, y es por eso mismo muy emotivo. Sortie (2005) es un artilugio propio de un travieso insatisfecho como Michel Gondry y consiste en un simple casco de aviador del cual brota un pequeño escuadrón de aviones de juguete. Pero el vuelo se expande semánticamente, porque Villinsky lo asocia también con la música, con la pintura, e incluso con la escritura: mariposas de color azul Klein que responden al trazo caligráfico de la palabra Yes () o Wish (Deseo), golondrinas recortadas de viejos vinilos…La creación de sus obras implica a menudo la reutilización de materiales de desecho como los guantes, que fueron cosidos en forma de alas o de trajes de aviador, como si el vuelo fuera producto del empuje colectivo proporcionado por un montón de manos dispares.

Los guantes los recojo diariamente en las calles. Las piezas son elaboradas a mano, obsesivamente. Entrelazadas, suturadas. Tratan acerca del trabajo manual, la rehabilitación y la conectividad. Alguna vez se arrastraron melancólicamente, pero ahora están llenos de esperanza.

Portrait, Paul Villinsky, 1997

La obra de Villinsky se caracteriza por una enorme vitalidad, capacidad empática y accesibilidad. La introspección psicológica cede aquí su sitio a la extroversión y a una visión profundamente lúdica de la actividad creativa. Tanto es así que, no satisfecho con la simple inspiración aérea para sus obras, el artista decidió hace unos años aprender a volar, sumergiéndose en el mundo del vuelo con y sin motor, y estableciendo un vaso comunicante poco común entre su actividad creativa y sus experiencias en primera persona con el mundo del vuelo.

Yes, Paul Villinsky, 2010

Las imágenes y los textos citados provienen todos ellos de la página web de Villinski

Gran parte de la obra de Villinsky guarda una enorme similitud con la de Panamarenko

Acerca de Rrose

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