El reverso de las pelucas ilustradas

Todo collage opera sobre un principio inamovible: la extrañeza que provoca la unión de varios elementos dispares. Sobre este objetivo primordial se articulan una infinidad de posibilidades y variaciones. El collage es un mundo, y es un arte precisamente porque permite todas las heterodoxias en el contenido y en la forma. Los cubistas recurrieron al collage para provocar, en términos puramente visuales, una revolandeta definitiva en la evolución de las artes plásticas. Los surrealistas le dieron carta de naturaleza y recorrieron los corredores del sueño abriendo y cerrando salones, armados con esa única llave de papel. Los constructivistas rusos hicieron del fotomontaje un arma cargada de futuro cuya rotundidad todavía nos asombra. Fluxus rizó el rizo: con sus de-collages elevó la interferencia televisiva y el palimpsesto desgarrado de los muros publicitarios a la categoría de arte. En el plano musical, el collage sonoro fue explotado en ejemplos que van desde el Requiem für einen jungen Dichter de Bernd Alois Zimmermann hasta el Sgt. Pepper´s de los Beatles.

En nuestros días, los artistas del collage (a los que yo libremente denomino collagistas) componen un destacamento numeroso y variopinto que, tal y como ocurre en el resto de disciplinas creativas, estalla en sus fórmulas y en sus propósitos, haciendo recuento de la historia, pero pertrechados de herramientas -ahora digitales- que eliminan cualquier obstáculo. Hay algo en el collage que conecta muy estrechamente con el espíritu de nuestro tiempo, y prueba de ello es su excelente salud. Puede que se deba a su especial eficacia a la hora de expresar lo fragmentario, lo acumulativo, lo diacrónico, rasgos estos no exclusivos, pero sí claramente definitorios de amplios radios de la estética actual. Estos rasgos, sin embargo, derivan a menudo en soluciones creativas que, bajo un revestimiento de elevada calidad formal, ocultan una preocupante esterilidad conceptual. Por tanto, es lógico que al encontrarnos con los collages de Mariano Fernández nos llame la atención la concreción, la austeridad, y el preciso dardo que desde ellos se lanza.

La particularidad de sus collages reside en primer lugar en su radio de acción, que se circunscribe a las láminas de la Encyclopédie (1751-1772) de Diderot y D´Alembert. Todos los fragmentos ensamblados por Mariano provienen de ese único –y asombroso- repositorio de imágenes, y son aislados de su fuente original para asociarse con otras piezas mediante uniones inesperadas y paradójicas. En relación al collage, esta imposición de unos límites precisos dio uno de sus primeros y más logrados frutos en novelas-collage como Une Semaine de Bonté (1934), obra de Max Ernst donde la mayor parte de las imágenes procedía de ilustraciones de folletines victorianos que fueron alteradas mediante pequeñas variaciones. Este método procuraba al conjunto una homogeneidad que ofrecía una clara diferenciación con aquellos otros collages disparatados, explosivos o declaradamente políticos de dadaístas alemanes como Raoul Hausmann o John Heartfield. Ernst daba soporte así a un surrealismo cuya disonancia se articulaba a niveles acaso menos evidentes, pero más inquietantes. Con Mariano Fernández ocurre exactamente lo mismo. “El encargo es bueno”, escribió Carmelo López de Arce en uno de sus breves –e inéditos- ensayos. Dado el contexto actual, la sentencia es tan aguerrida como juiciosa, porque muy al contrario de lo que se suele pensar, la imposición de unos límites materiales, técnicos, o de contenido, no periclitan el acto de crear, sino que lo estimulan.

Ante la estulticia generalizada en el mundo del arte, la imposición de las leyes del mercado o la apropiación del medio artístico por parte de gobiernos o instituciones con ánimo de lucro ideológico, el encargo es bueno, y es aún mejor cuando un artista tiene el valor de hacerse un encargo a sí mismo. Circunscribirse a la Enciclopedia es una decisión cargada de sentido. Se trata de una publicación que representa el deseo encomiable y utópico de recoger, ordenada y taxonómicamente, todo el saber del hombre en un solo corpus textual y gráfico. La idea es tan delirante como estimulante. Cada época ha dado su visión del mundo: los hombres del medievo, por ejemplo, lo intentaron bajo la advocación divina en forma de lapidarios, bestiarios, y summae. El proyecto ilustrado no fue, a fin de cuentas, menos pueril, pero sí más ambicioso (o al menos con una diferencia menor entre la meta y el resultado) y sobre todo indicativo de un modo de ver el mundo al que aún debemos mucho. Mariano ha decidido clavar sus tijeras –digitales- sobre las láminas de la Enciclopedia, y la operación, como digo, no es casual. La deconstrucción llevada a cabo incide en uno de los baluartes principales del ideario occidental, y de este modo, la subversión propia de todo collage, en tanto que deconstrucción, se afirma aquí en un grado doble.

Hay algo en la propuesta de Mariano que recuerda al imaginario de Raymond Roussel. La vivisección, la precisión de lo quirúrgico, aquello que sirvió para delimitar razonablemente el mundo, es usado aquí para dar una forma nítida a lo incongruente, como implacable e irónica venganza. Es apasionante comprobar de qué manera han sido subvertidas las láminas originales para crear aparatos de funcionamiento inverosímil, animales estrambóticos, androides preindustriales, volúmenes y espacios imposibles, objetos tan extraños que únicamente su enigma los justifica… A veces el resultado de algunos collages es, incluso, paradójicamente lógico, como es el caso de la mariposa-bisagra, monstruosa, triste y perfecta. Estos collages y no otros son, verdaderamente, los monstruos que produce el sueño de la razón. Estas son las costumbres que se gastan los habitantes de una nueva flora: la flora alucinante que crece al calor del sudor en el reverso de tantas pelucas ilustradas. Si los libros tienen poder para soñar sus propios sueños, esta serie de collages nacieron sin duda de una pesadilla causada por una indigestión de vocablos en el vientre orondo y oscuro de la Enciclopedia. En efecto, me gusta pensar que estos collages nacieron solos, que un conjuro maldoroniano malbarató las páginas de la Enciclopedia, que en su interior, como en una caja de Houdin o en una probeta de científico trastornado, se remezcló y se refociló todo nuevamente, que las palabras quisieron disfrazarse y jugar con nuevas identidades, que las figuras de los grabados habían pasado siglos deseándose y odiándose en secreto para aparecer ahora en inesperada cópula amatoria o en violento duelo de esgrima, en su más íntima y variable verdad. Ahora ya saben lo que ocurre con las ilustraciones de los libros cuando no miramos. Mariano ha sorprendido las figuras in fraganti y nos lo muestra.

Pero nada es casual. Roland Barthes ya advirtió en un breve ensayo dedicado a las láminas de la Enciclopedia –y recogido en Nuevos Ensayos Críticos en 1972- que la publicación de la serie , y más concretamente de sus láminas, constituye la irrupción en la literatura del objeto con categoría estética propia. “Existe una profundidad de la imagen enciclopédica: es la del tiempo que transforma el objeto en mito” escribe Barthes, y añade: “Esto nos lleva a lo que es necesario llamar la Poética de la imagen enciclopédica, si se conviene en definir la Poética como la esfera de las vibraciones infinitas del sentido en el cual está ubicado el objeto literal. Se puede decir que no hay lámina de la Enciclopedia que no vibre más allá de su propósito demostrativo. Esta singular vibración es, antes que otra cosa, asombro. Es cierto que la imagen enciclopédica es siempre clara, pero en una región más profunda de nosotros mismos, más allá del intelecto, o al menos en su filo, nacen preguntas que nos sobrepasan”. La artificialidad ideal de las figuras y el extremo deseo de objetividad demostrativa de los objetos y las acciones en las láminas, conlleva una supuración de cualidades expresamente poéticas que, cuando se aplica sobre ellas la mirada actual y recomponedora de un collagista, deviene, casi inevitablemente, en series como la de Mariano Fernández. Los objetos, o más bien la extensa –y a menudo conflictiva- relación del cuerpo humano con los objetos en la era industrial, es un tema de capital importancia para la modernidad. Tanto más para la poética surrealista, uno de cuyos ejes principales gira en torno a la dislocación de los objetos de uso cotidiano.

Barthes llama la atención sobre el hecho de que las láminas de la Enciclopedia ilustran siempre un mundo armónico y “sin miedo”, pero también nos hace ver que esas mismas láminas muestran sesgos que rozan lo macabro y que hoy ya consideramos propiamente surrealistas, como las manos aisladas del cuerpo y representadas en el vacío. Mariano recoge atentamente las pistas que Barthes señala, saca a pasear esa impaciencia de siglos de las estampas originales, y certeramente nos dice que estos collages son “como la nuca del siglo XVIII”. Este es el destino del collagista, no la creación ex-nihilo, sino la reordenación de algo dado, y en el caso de la Encyclopédie de Mariano Fernández, la variación sobre un tema potencialmente infinito.

La serie enciclopédica de Mariano Fernández en Flickr

Versión on-line gratuita de la L´Encyclopédie de Diderot y D´Alembert

(El texto de este artículo apareció originalmente en el fanzine 200 días en Sing-Sing nº 2, mayo 2009)

Acerca de Rrose

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4 respuestas a El reverso de las pelucas ilustradas

  1. Pingback: L’Encyclopédie

  2. mamen dijo:

    GENIAL .

  3. Rrose dijo:

    Gracias Mamen, gracias Tribulata ;)

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