Look at the face (Miren el rostro)

Madonna Litta, Leonardo da Vinci, 1490-91

Ese gran cinéfilo que fue Joan Brossa dijo una vez que, a falta de medios, debía ser posible rodar obras maestras de apenas unos minutos de duración. Todo depende, añado yo, de la capacidad del autor para manejarse dentro de unos límites dados. La planificación y ejecución de un cortometraje como Miren el rostro (Pavel Kogan, 1966) es, como podrán leer a continuación y como se hace palpable en el visionado, relativamente sencilla, pero el resultado final, fruto de una intuición y observación atenta (cualidades que no pueden enseñarse en una escuela de cine ni tampoco pueden presupuestarse o planificarse), es realmente interesante.

El origen de Miren el rostro fue una idea de Pavel Kogan, graduado del VGIK, que pasó todos los filtros y fue aprobada por los responsables del estudio de cine documental de Leningrado. Sucedía en el Hermitage frente al cuadro de Leonardo da Vinci La virgen con el niño. Colocamos los focos delante del cuadro para iluminar mejor al espectador. Recuerdo que la gente se acercaba al círculo de luz como mariposas, pensando quizás que iban a comenzar los trabajos de restauración. Cuando Pavel Kogan y Petr Mostovoi (el realizador y el cámara) comenzaron a observar a la gente, la primera sensación que tuvieron fue de espanto. La reina de la belleza estaba expuesta frente a una masa de gente batallando a través de las puertas abiertas de la sala, corriendo hacia ningún sitio con una urgencia atribulada, sin prestar ninguna atención al cuadro. La guía con una voz monótona y gris repetía lo mismo en todas las visitas. Y, luego, rebaños de turistas sin parar de hacer fotos y filmando. Disparando a la virgen (hasta la muerte), así acabaron por llamar aquella situación.
La primera tentación, confirmada por lo que veíamos, fue hacer una tópica sátira sobre la indiferencia y la desafección hacia los llamados valores eternos. Pero hubo que reconsiderar esta aproximación: al final de la jornada, cuando la masa se evaporaba y se marchaba hasta el último visitante, solo quedaba el empleado de la limpieza que parecía que tenía como misión eliminar las huellas dejadas por la numerosa cohorte de visitantes y guías, retirar todas las mallas superficiales que se habían tejido a lo largo del día. Finalmente el también se iba. La Madonna después de aquella horrible feria de la estupidez se quedaba sola en su mundo especial e inaccesible para casi todos.
Estuvimos rodando desde esa posición durante un mes y medio y en el proceso descubrimos que también había espectadores para los que el encuentro con Madonna Litta era un suceso espiritual inolvidable. Algunos visitantes que se acercaban a aquel rostro comenzaron a tener el mismo halo de belleza. Así pues, corregimos el tono de la película, manteniendo en su interior ese lado caustico y satírico, pero que de forma natural se había desplazado a un segundo o tercer plano.
Palabras de Leonid Gurevich (guionista, miembro de la Unión de Cineastas, profesor en el Instituto de Cine). Fuente: Blog Cuando el tiempo sopla

Muy poca información he conseguido reunir acerca de Pavel Kogan (Leningrado, 1931 – San Petersburgo, 1998), aunque sí es cierto que el cortometraje tiene un considerable éxito en ciclos de filmoteca o de museo dedicados a las relaciones entre el cine y el arte o la pintura. No se trata, sin embargo, de uno de esos ensayos de difícil digestión como los discursos a los que Godard acostumbra, o por ejemplo la difusa retórica de Sokurov aproximándose a la obra de un pintor como Hubert Robert (Hubert Robert, a fortunate life, 1996). La cinta comienza mostrándonos, desde uno de los pisos superiores del Museo del Hermitage, una ventana a través de cuyos cristales divisamos una calle de San Petersburgo: a lo lejos un autobús pasa sobre un canal y se intuyen algunos peatones. Un rápido movimiento de cámara recorre después el lujoso interior de una de las estancias del gran museo ruso que, muchos años después, otro director de cine ruso, Alexander Sokurov, recorrería íntegramente de nuevo en El arca rusa (2002). Acto seguido la pantalla ostenta el encuadre que, de un modo fijo o semifijo, cubrirá la mayor parte del metraje: el trasiego de visitantes del museo que pasan de largo o se detienen frente a un cuadro que, por la dirección de las miradas, intuimos que está colocado justo a nuestra izquierda. Una guía del museo aclara a los turistas (y a nosotros también) que esa obra es la Madonna Litta de Leonardo da Vinci, y tras añadir los habituales datos sobre la pieza, recomienda: “Miren el rostro, es perfecto”.

Un inciso nos permite ver un primerísimo plano que recorre lentamente el lienzo, y que me recuerda, por el motivo, por la escala, por el ritmo y la conjunción con una bonita pieza musical, a los títulos de crédito iniciales de Offret (1986), en los que Andrei Tarkovsky (1932-1986) repasó lenta y ceremonialmente con la cámara una pintura que a lo largo del filme se revelaba cargada de significado: una Adoración de los Reyes Magos (1481-1482), también de Leonardo da Vinci. La secuencia inicial de Offret tiene la finalidad de sumergir al espectador en una atmósfera que, si no se puede calificar de trascendente, nos aproxima a cierta idea de lo sacro, sin duda gracias también a la música de J. S. Bach que acompaña al travelling vertical. Kogan nos acerca al lienzo con la devoción de un auténtico amante de la pintura que sabe apreciar los pequeños detalles, pero ante todo como dato que nos permita comprender lo que realmente compone el grueso de la cinta: las reacciones de los visitantes ante la obra, ysobre todo las reacciones en sus rostros. Lo que Kogan nos ofrece es un fascinante catálogo de rostros y de tipos humanos que, ajenos a la cámara que los registra, dan muestra de su arrobo, de su estupefacción, o de su inquisición visual.

Hay pues quien mira el cuadro de Da Vinci como si observara una vaca preñada. Hay un hombre con un niño en brazos que hace eco al tema maternal del cuadro. Hay fotógrafos obsesivos que a la lente de la cámara de Kogan oponen la pequeña lente de sus cámaras de fotos o sus aparatos de Super 8 (alguno de ellos se revela dotado de una inesperada y metódica paciencia para escoger su punto de vista frente a la obra). Una mujer mira el cuadro y escucha la explicación de la guía como si accidentalmente captase un chisme entre los visillos de un patio interior. Un hombre de unos treinta años que masca chicle se acerca el cuadro con el mismo gesto que adoptaría al calibrar las nalgas de una mujer en un local de copas. Hay una chica que bajo unos pequeños binoculares de ópera deja ver para nuestra sorpresa unas gafas de gruesísimos lentes, y un caballero que superpone hasta dos gafas diferentes y que para ver correctamente la obra se ve obligado a acercarse a un palmo del lienzo, repitiendo el gesto de una famosa obra de Norman Rockwell. Hay quien ostenta incomprensibles gestos de preocupación o de enfado y nunca sabremos por qué. Hay el gesto infantil de un soldado bisoño. Hay una mujer que toma misteriosas notas en una libreta y que parece desconfiar profundamente del lienzo. El muestrario está realmente bien escogido y es muy entretenido, pero llaman la atención sobre todo los rostros de aquellos personajes en los que claramente intuimos una menor capacidad crítica frente a lo que ven, y quizás por eso mismo dotados de una mirada más llana y menos contaminada de cualquier tipo prejuicio. Me refiero sobre todo a los niños y a los ancianos, cuyos ojos se encienden con un brillo muy especial, como una anciana que cubre su cabeza con un pañuelo blanco y que no solo contempla la obra con expresión beatífica, sino que parece dialogar con el lienzo inmersa en una sensacional experiencia estética.

El movimiento se demuestra andando, y eso que en los manuales se denomina estética de la recepción tiene en Miren el rostro una demostración práctica tan hermosa como desprovista de pretensiones. Gurevich lo explica bien: lo que en un principio se dibuja como un homenaje a la pintura y una crítica a la mecánica indiferencia de los visitantes, termina desplazando totalmente el eje de interés para el realizador. Como en las series museísticas del fotógrafo Alécio de Andrade o de Andy Freeberg, Kogan toma la sala del museo como único contexto de su análisis, pero mientras que aquellos juegan con la tensión entre el espectador y la obra como un bis a bis donde la obra de arte todavía figura como un personaje destacado, Kogan concede todo el protagonismo al espectador de la obra, al punto de que el espacio físico de ese diálogo queda completamente desdibujado. La mecánica visual que el director ruso adopta es el de la hidden camera (cámara oculta), un formato de entretenimiento intrascendente con raíces en la radio de los años cuarenta y que tuvo un considerable éxito precisamente a lo largo de años sesenta tras su adaptación a formatos televisivos en distintos canales de la televisión británica y norteamericana como el programa Candid Camera. Uno de los principales logros de Miren el rostro es precisamente el de subvertir el código visual y narrativo de la cámara oculta tradicional extrayendo de éste un potencial totalmente diferente que pone de relieve las posibilidades de una retórica visual que guarda intensas relaciones con el documental y con la psicología.

La mecánica tradicional de la cámara oculta exige siempre la exposición de un sujeto –que debe desconocer totalmente su papel de conejillo de indias- a un agente provocador siempre variable, y el tono general de la pieza (que normalmente consiste en una sucesión de tomas diferentes) suele ser el de una broma pesada. Kogan obedece a esa mecánica en cuanto que hace uso también de un detonante, pero está sustituyendo la acostumbrada broma por un elemento que pertenece a la alta cultura occidental, uno que no produce agresión alguna sobre las personas sino que se limita a ejercer la soberanía de su propia belleza. La cinta da buena cuenta del magnetismo que desprende la obra, y las reacciones que obtiene Kogan son, evidentemente, de otra naturaleza a las habituales.

El uso del sonido también es muy significativo. Kogan no requería del sonido ambiente para dejar constancia del variopinto catálogo de espectadores (en los formatos tradicionales de cámara oculta el sonido ambiente suele carecer de importancia, y el resultado es tanto más exitoso cuanto más puramente visual). Nunca oiremos hablar a los visitantes del museo, pero el autor de Miren el rostro se ha cuidado mucho de que nos lleguen perfectamente los pedagógicos discursos de las guías del museo, las cuales ponen un encomiable esfuerzo en transmitir el sentido del cuadro de Da Vinci y sobre todo de la estética de la que la obra participa. Se nos dice, y no sin acierto, que el ideal de belleza que Leonardo quiso llevar a las figuras y los rostros de sus cuadros religiosos es el de una abstracción de las facciones que solo encuentra un sentido completo en la necesidad de aportar a un personaje como la Virgen María un rostro totalmente perfecto, y por tanto imposible. Los tratados de arte de la época, y entre ellos las anotaciones del mismo Leonardo insisten en que el papel del artista consiste en una minuciosa observación de la realidad, tras la cual, solo la labor subsiguiente de escoger, delimitar, poner y quitar, podría aportar a la obra una belleza ideal. Da Vinci estudió con profusión la gestualidad y la infinita variedad del rostro humano, pero en los personajes de sus pinturas de historia e incluso en sus escasos retratos de personajes reales acudió siempre al tamiz de un ideal abstracto de belleza. Oponiendo a estas aclaraciones sobre estética del Renacimiento todos los rostros hermosos, feos o sencillamente indiferentes, de diferentes edades y cataduras sociales de los visitantes del museo, Kogan está sugiriendo una particular tensión entre modelos de representación (la pintura y el cine) no solo técnicamente muy diferentes, sino que pueden obedecer a estéticas divergentes o por contra sorprendentemente tangenciales.  Por ejemplo, cuando a comienzos del siglo XVII un pintor como Caravaggio se salta las reglas del decoro y decide acometer obras de temática religiosa adoptando una estética realista (es decir, usando a modelos reales que ha escogido entre rufianes o prostitutas de Roma y que aparecen fidedignamente representados cumpliendo en el interior de la obra una especie de papel dramatúrgico) está sembrando la polémica, y sus obras, incluso las de carácter más piadoso, responden mucho menos a una concepción teológica exigida por los comitentes como a la necesidad de un artista por reflejar la realidad tal y como la percibe.

De algún modo, Miren el rostro también se adentra en este problema representacional, y lo hace en un contexto tanto o más complejo que el de la Roma contrarreformística y sus altas jerarquías religiosas. Me refiero a la Rusia soviética. En su comentario sobre la cinta, Leonid Gurevich no deja atrás el dato de que la idea original del proyecto “pasó todos los filtros y fue aprobada por los responsables del estudio de cine documental de Leningrado”. La relación del régimen soviético con el cine documental fue muy irregular. La alegre eclosión del cine-ojo de Dziga Vertov desembocó, tras la llegada al poder de Stalin, en formas cinematográficas sometidas a una rígida censura cuyos frutos carecieron de toda relevancia estética (dos de los grandes cineastas rusos de la segunda mitad del siglo XX, como lo son el ya citado Andrei Tarkovsky y el aún marginal Sergei Paradjanov, sufrieron de muy primera mano las dificultades impuestas por la censura). En este contexto, Miren el rostro es una obra de importante valor documental, pero que, además, solo en cierto modo es políticamente militante. Podríamos decir, por ejemplo, que la cinta es un encomio de la “inestimable” función de las trabajadoras de los museos por acercar la cultura a todos los estratos de la sociedad soviética, incluidos los pequeños pioneros de la futura URSS interestelar.  Por el contrario, me parece más evidente que Miren el rostro y su catálogo de rostros es un modesto pero efectivo corte transversal que nos acerca a la sociedad de su tiempo, alumbrando un pequeño fragmento de realismo palpitante que, bajo la pátina de un discurso costumbrista o vagamente humorístico, entra en confrontación directa con el inane realismo socialista que ya entonces daba importantes muestras de agotamiento. Tanto es así que, al explicar la obra a un grupo de niños, una guía recurre precisamente a un ejemplo claramente sintomático del contexto político, ya que compara, de un modo bastante torticero por cierto, el rostro ideal de la Virgen María con el retrato generalizado que un artista -cualquier artista, es cierto, pero sin lugar a dudas un artista soviético afín al poder- haría de un héroe de la II Guerra Mundial. Me parece que una de las principales bazas del corto es precisamente el contraste que se establece entre esta alocución –realizada en un tono de perfecta corrección política-  y los rostros distraídos, soñadores, tremendamente hermosos o claramente burlones de cada uno de los niños que miran el cuadro.

Fotograma de Daguerreotypes, Agnès Varda, 1976

A estas alturas del juego ya es de sobras conocido el lodazal mediático al que se ha destinado finalmente el formato de la hidden camera, y no creo que haga falta citar ejemplos al respecto, pero en 1976, diez años después del experimento de Miren el rostro, Agnès Varda colocaba una única cámara entre bastidores para captar a sus propios vecinos haciendo compras en los comercios de la calle Daguerre, donde la cineasta residía. El resultado de aquella experiencia no planificada se tituló Daguerreotypes, y constituye un análisis fascinante de la sociedad francesa y sus preocupaciones y conflictos a pie de calle. Como Varda, Kogan demuestra en Miren el rostro un enorme respeto por los sujetos que la cámara ha cazado, pero mientras que la francesa se interesó ante todo por las relaciones humanas, Kogan pone todo el acento en lo fascinantemente diverso que puede llegar a ser el diálogo de una persona con una obra de arte, y en la necesidad de ese diálogo, y lo logra provocando, al igual que ocurría en Daguerreotypes, una sensación de vulneración de la intimidad que en algunos momentos parece casi casi insoportable, pero que sin duda contribuye a sostener un discurso totalmente pertinente.

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En esta maquinaria ya se habló de Museos (imaginarios)

Acerca de Rrose

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12 respuestas a Look at the face (Miren el rostro)

  1. R.Mutt dijo:

    Espectacular!. Siempre me ha parecido fascinante el ritual practicado por los espectadores en un museo, esa peregrinación de obra en obra con un itinerario marcado, como en las extintas liturgias estacionales cristianas. Los espectadores circulan en silencio, meditando, reflexionando, representando inconscientemente un papel, a menudo con aires de solemnidad. Como el que se lleva pretenciosamente la mano a la barbilla y asiente con pedantería, o el que se acerca al lienzo a contemplar una pincelada, porque sabe que es en lo que se supone que debe fijarse. Todos son conscientes de que están en un lugar especial, un espacio donde el tiempo transcurre a otro ritmo, un espacio de culto, donde el recogimiento y el decoro deben prevalecer.

    Es sorprendente como nuestra relación con las obras de arte están profundamente condicionadas, en este caso por medio de una guia que simplifica toda la complejidad de la obra de Leonardo a “miren el rostro”…

    Magnifico trabajo Rrose, gracias por hacer nuestra vida un poquito mejor :)

  2. Àngels dijo:

    Este espacio me proporciona tremendas alegrías y placenterísimos conocimientos, desde hace ya mucho tiempo. Lo celebro dejando aquí una pequeña porción de mi gigantesco agradecimiento (hoy no me he podido resistir).

  3. Alex dijo:

    ¡Qué interesante Rrose!

    en esta línea… comenzando por la sátira encantadora de Bert Haanstra en “Zoo” ( http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?f=1033&t=40130&p=421574&hilit=Bert+Haanstra#p421574 ) pasando por el rostro de Ana en el “Espíritu de la colmena”, los rostros en el tren en “Konex” de Pelechian ( http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?f=1017&t=48100&p=567773&hilit=konec+pelechian#p567773 ), la espera del autobús en “Landscape” de Sergei Loznitsa ( http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?f=1033&t=60553 ) y culminado en “Shirin” de Kiarostami ( http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?f=1015&t=65180&p=823476&hilit=shirin+kiarostami#p823476 )

    pero por encima de todos:
    “Ten minutes older” de Herz Frank
    http://www.youtube.com/watch?v=hiOWY6HBOEc
    http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?f=1038&t=57057&p=715949&hilit=ten+minutes+older#p715949

    Un saludo.

  4. Rrose dijo:

    Hola

    R. Mutt: muy cierto lo que comentas, pero me parece que es precisamente esa imagen de solemnidad a la que se suelen sentir obligados los visitantes de un museo la que el cortometraje trata de romper ¿no crees? Lo más interesante entre el catálogo de indiferentes, de solemnes y de paseantes aburridos, es precisamente el de esos pocos sujetos ajenos a esa especie de buena norma de conducta que por fortuna parecen desconocer. En todo caso, gracias a tí por leer la maquinaria, es una gran satisfacción saber que estas cosas le alegran la vida a alguien ;)

    Àngels: muchas gracias por tu comentario. Nunca imaginé yo tanto regocijo entre mis lectores, y me alegra tanto o más saber de ello. Ha hecho usted mal en resistirse. Saludos y gracias por leer estas conspiraciones que escribo ;)

  5. Rrose dijo:

    Alex,
    muchas gracias por todos esos enlaces! tienen una pinta estupenda. Espero poder irlos viendo poco a poco, pero creo que Pelechian es una de mis grandes asignaturas pendientes. Saludos ;)

  6. Bashevis dijo:

    Confeso admirador de esta preciosidad… que dignifica el medio audiovisual y me recuerda por que dedico horas al jodido cine… minuscula maravilla.

    Aprovecho para agradecerte la cita a “Cuando el tiempo sopla”, un archivo desastre que trato de llenar con cariño y atino ;)

    Y ya que se ha mencionado al jugeton Haanstra, mi recomendación es “Chimps onder elkaar” de 1984… otro trabajo vital, ejemplo de buen hacer!

    saluz!

  7. Rrose dijo:

    Salud y Cine, estimado Bashevis. A ver si completo los asuntos que tengo ahora pendientes y me pongo a videar todas esas piezas que me estáis recomendando. Ganas no me faltan. Gracias :)

  8. Selenita dijo:

    Siempre aprendiendo y disfrutando con tu blog.
    Conexiones: La exposición en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (Sevilla), “Públicos y contrapúblicos. El espectador en la cultura visual cotemporánea”, es realmente interesante. Saludos.

  9. Rrose dijo:

    Cuánto hace que no doy una vuelta por el CAAC… gracias Selenita ;)

    http://www.caac.es/programa/publicos10/frame.htm

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