De Humani Corporis Fabrica (IV). El fragor de la Ciencia

Frontispicio de De humani corporis fabrica, de Andrea Vesalio, Basilea 1543

Si las miradas que revolotean por doquier en torno al cadáver están palpablemente presentes en la escena y sin lugar a dudas conforman un personaje principal entre lo representado, yo afirmo que esta estampa también está repleta de sonidos cuyo rumor puede escucharse bajo un oído atento, y que su presencia también guarda un significado. Observen con atención, presten oído con los ojos: el mono está chillando, el perro ladra, el entarimado del teatro sin duda gruñe bajo el peso atropellado de un público claramente agitado, uno de los barberos afila sonoramente el instrumental y discute con su compañero, a su derecha el intento de robo provoca sacudidas y voces de alarma… Pero por encima de todo esto crece el sonido turbio de la discusión, porque estos alumnos no solo miran sino que comentan entre sí, exclaman, se llaman la atención unos a otros. Incluso más allá de la columnata murmullos en la sombra. Incluso desde lo más alto de la sala comentarios de asombro. Vesalio permanece impertérrito en su disertación, pero lo que le rodea es el auténtico jaleo de un puesto de carnicería en un día de mercado, o el alboroto de una soez discusión de vecinos que usara como parlamento un soberbio patio de luz. Al zumbido incesante de las miradas entrecruzadas se está sumando una trepidación de sonidos redoblados por la enorme amplitud de la sala, y las voces no se limitan a la expresión de asombro, sino que polemizan justo sobre aquello que sus ojos están percibiendo.

Ya hemos visto que la actitud y los descubrimientos de Vesalio cortaban como una peligrosa línea secante en el contexto de la época no solo a la Medicina sino también a la Religión, y estoy convencido de que el autor del frontispicio quiso reflejar así la tormenta de discusiones y encendidas polémicas cuya semilla, previsiblemente, iba a propagar el tratado vesaliano. Como Edipo, buena parte de la sociedad del siglo XVI se sacó los ojos ante la visión (del) interior que el anatomista revelaba. En un contexto en el que la valía profesional de un médico se medía por el prestigio de los autores que era capaz de citar y no por la propia experiencia, el hecho de que Vesalio se atreviera a corregir no solo a Galeno sino a filósofos como Aristóteles, le valió no pocas enemistades. Resulta curioso que la aportación vesaliana, siendo uno de los valores fundamentales del Renacimiento, hubiera de construir su discurso entrando en colisión directa con la tradición clásica, y es porque su aportación no fue la de un intelectual constructor de una brillante especulación mental, sino el de un moderno insatisfecho que únicamente basa su obra en la experiencia de hundir sus propias manos en los cadáveres. En particular, la corrección realizada sobre las descripciones anatómicas de Galeno generó reservas hasta tal punto que un colega de profesión, ante la evidencia vesaliana, y con la intención de mantener intacto el prestigio de Galeno, se atrevió a afirmar no sin cierta gracia (pero incurriendo de pasada en una herejía proto-evolucionista) que no quedaba otra opción que la de concluir que el cuerpo humano había sufrido variaciones sustanciales desde los tiempos de Galeno.

Como profesor, el mismo Vesalio recomendaba a sus alumnos realizar sus propias disecciones para comprobar o refutar nociones anatómicas, y de todo ello subyace una concepción considerablemente moderna de la Ciencia, esto es, como un proceso abierto y en curso. Pero la oposición más peligrosa no la encontraría el profesor de modo directo entre sus colegas, sino en la Inquisición. Vesalio, con apenas treinta años de edad en el momento de publicar De Humani Corporis Fabrica, acepta, movido sin duda por el prestigio que ello le brinda, el ofrecimiento de sumarse, en calidad de médico, al séquito de Carlos V y posteriormente al de Felipe II. Pero ni siquiera bajo la protección imperial su actividad quedará libre de sospechas, porque sobre la disección anatómica va a sobrevolar en todo momento la acusación de brujería. En 1551, y probablemente instigado por los enemigos de Vesalio, el mismísimo Carlos V participó en Salamanca en un proceso inquisitorial contra el anatomista del que éste logró salir impune. Sabemos también que en 1564 el profesor inicia un viaje de peregrinación a Tierra Santa del que ya no volverá, pues su barco naufraga en el mediterráneo, y se sospecha que, a iniciativa propia, o quizás aplicado como correctivo por algún tribunal de fe, aquel viaje fue el único modo de mantener intacta su reputación, o lo que es lo mismo, su adhesión al catolicismo.

Pero toda la agitación estaba prevista y grabada para siempre en aquel frontispicio de su tratado. En 1543, es decir, con apenas 29 años de edad, Vesalio se había trasladado con todo el material necesario para realizar la primera edición de su tratado desde Padua hasta Basilea, una de las pocas ciudades que a mediados del siglo XVI disfrutaba de libertad de imprenta, confiando la tarea a Joannis Oporini, un prestigioso impresor. La ausencia de censura y un cierto espíritu de tolerancia religiosa había convertido a Basilea en refugio de intelectuales protestantes. El mismo Miguel Servet recalaría pocos años después en la vecina ciudad de Ginebra en su procelosa huida del fanatismo religioso, y no precisamente del católico, sino del reformista. En un opúsculo titulado De la Justicia del Reino de Dios Servet incluiría una frase que, si obviamos su contexto específicamente teológico, bien pudiera servir de pie para la agitación intelectual que recoge el frontispicio vesaliano:

…ni con estos ni con aquellos estoy de acuerdo en todos los puntos, ni tampoco en desacuerdo. Me parece que todos tienen parte de verdad y parte de error y que cada uno ve el error del otro, mas nadie el suyo… Fácil sería decidir todas las cuestiones si a todos les  estuviera permitido hablar pacíficamente en la iglesia contendiendo en deseo de profetizar.
(Servet, Miguel. De la Justicia del Reino de Dios, en Obras completas, Vol. II-1, pág. 481)

Ignoraba Vesalio que el turbio rumor que simbólicamente brotaba de aquella imagen estaba dispuesto a crecer en el mundo hasta ahogar su propia voz una y otra vez.

De Humanis Corporis Fabrica (I). Los personajes del drama

De Humani Corporis Fabrica (II). La arquitectura y la muerte

De Humani Corporis Fabrica (III). Mirada y geografía corporal

De Humani Corporis Fabrica (IV). El fragor de la Ciencia

De Humani Corporis Fabrica (V). Bajo continuo


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