De Humani Corporis Fabrica (III). Mirada y geografía corporal

Frontispicio de De humani corporis fabrica, de Andrea Vesalio, Basilea 1543

Homo sum, humani nihil a me alienum puto (Hombre soy, nada humano me es ajeno), decía el proverbio latino. El drama representado en la arena de este teatro anatómico es el drama del hombre que examina al hombre. Por eso, sin un personaje ni un objeto que la represente simbólica o materialmente, la visión es sin embargo uno de los protagonistas de la escena. Si pudiéramos captar en un diagrama el flujo de miradas que brotan entre los asistentes a la lección magistral el resultado sería una densa red de líneas totalmente entrecruzadas. Se mira aquí inquisitivamente, con serenidad, con asco, con incredulidad, con horror, se mira atropelladamente, pero sobre todo se mira desde todas partes: dos fisgones miran desde las ventanas más altas de la sala, otros están parcialmente cobijados en la sombra que hay tras la columnata, y varios asoman trabajosamente la cabeza para mirar desde los intersticios más peregrinos del entarimado. Aunque no es fácil de apreciar, algunos hombres acrecentan su mirada haciendo uso de una especie de monóculos (Marcel Duchamp hubiera dicho que son testigos oculistas). Es tal el protagonismo de la mirada que, al mirarnos desde la sala, Vesalio nos acompaña al interior y nos hace partícipes del torbellino de miradas. Nos convierte en otro alumno o en otro mirón más.

Borbotea este caldo de miradas porque hay en la escena un poderoso foco de ignición, un punto magnético que desde luego no ostenta la Muerte. De hecho, a excepción de Vesalio, que nos la señala con un dedo, la Parca parece condenada a la más completa invisibilidad, y no solo porque no acapara ni una sola mirada, sino porque si prolongamos con una línea artificial la vara que esta figura porta en su mano derecha, lo que se obtiene es, curiosamente, el recorrido exacto de una mirada que va desde la cabeza del muchacho que se asoma en la ventana superior izquierda del espacio arquitéctónico hasta el cadáver depositado en la mesa de disección, por lo que el objeto sobre el que la Muerte se apoya y que vagamente sugiere el poder de un báculo o de la consabida guadaña, queda reducido a mero instrumento conductor de la tensión escópica que subyace en la composición de la imagen.

Propuesta de análisis de la fluencia de las miradas en el interior de la imagen y de las principales líneas de la composición

Lo que los asistentes miran, claro está, es el cadáver. Toda la composición gira en torno a él. Y si tomáramos en cuenta el hecho de que se trata del cuerpo de una mujer, y que es la única mujer presente, rodeada además como está por una cohorte de hombres que arrojan hacia ella sus ojos, entonces el conjunto tomaría un extraño cariz sexual y voyeurístico. De lo que no cabe duda es de que la estructura circular del teatro anatómico propicia este proceso de inquisición visual detenido en el tiempo. El teatro y el anfiteatro clásicos, así como el teatro anatómico -que es la versión adaptada, concentrada, e íntima de aquellos- son espacios ideados y cuidadosamente perfeccionados en aras de la observación, del examen: complejos dispositivos al servicio del sentido de la vista  (y del oído) donde un objeto queda expuesto desde todos los ángulos. La fotógrafa Karen Knorr (Frankfurt am Main, 1954) recoge en una de sus obras toda la tensión concentrada en el frontispicio vesaliano, pero lo logra mediante una elipsis total de la representación de la mirada: un teatro anatómico completamente vacío en cuyo centro aparece una modelo desnuda que nos vuelve púdicamente la espalda. A model of vision, titula certeramente la obra Knorr, porque se trata de un modelo visual que va a condicionar la praxis de la medicina durante varios siglos, pero también, y en muy estrecha conexión, como veremos más adelante, la praxis académica de las Bellas Artes.

A model of vision, de la serie Academies (1994-), Karen Knorr

Pero lo que este extraño ruedo de alumnos mira con tanto interés no es, de un modo general, un cuerpo desnudo, ni tampoco el cuerpo de una mujer del mismo modo que se miraría a una Venus impúdica. Lo que miran es la zanja que el bisturí ha abierto en el cadáver dejando al descubierto toda la cavidad abdominal, desde la parte baja del tórax hasta el pubis, casi hasta el mismo sexo, como si se hubiera realizado una cesárea descomunal. Este es el eje sobre el cual gira toda la imagen. Y lo que fija las miradas no es únicamente el asco ni -más improbable aún- el deseo, sino la curiosidad ante algo completamente desconocido. La visión, apoyada por los avances de la óptica, había deparado e iba a deparar aún territorios fascinantes para la ciencia; durante siglos, telescopios cada vez más perfeccionados, nos han aproximado al vértigo del espacio exterior; los hombres del siglo XIX quedaron estupefactos ante las visiones que el microscopio les ofrecía de lo que hasta entonces era invisible: gérmenes, microorganismos: un mundo aterrador e incontrolable. En 1543, la apertura y la metódica disección del cuerpo humano mediante un gesto que parece elemental y que ni siquiera requiere de una tecnología demasiado compleja, había de convertirse en un acontecimiento de proporciones similares al descubrimiento de ese Nuevo Continente que desde hacía medio siglo atraía a los hombres de fortuna de media Europa. La mano derecha de Vesalio sobre el abdomen abierto es el gesto docto del que apoya su mano sobre un libro para mostrar sus páginas abiertas, pero es también el gesto del geógrafo que apoya su mano sobre un globo terráqueo o sobre una carta marítima en elaboración. ¿Qué es un anatomista del siglo XVI sino un geógrafo que desea dar ubicación exacta a lo conocido, descubrir nuevos territorios, y trazar los cursos de los ríos y hallar sus fuentes?

No era desde luego la primera vez que se abría un cuerpo. En la antigua Grecia se había practicado la Hieroscopia, es decir, la observación de las vísceras de animales, pero claro está, con fines adivinatorios, bajo las mismas premisas mágicas con que se practicaba la Ornitomancia (observación del vuelo de los pájaros) o la Oniromancia (análisis de los sueños). Galeno, sujeto a la ley romana que impedía la disección de cuerpos humanos, abrió cuerpos de animales, pero sus errores perduraron bajo una dura pátina de prestigio e indiscusión que costó lo suyo deshacer. Vesalio, receloso de la anatomía erróneamente descrita en los libros, abre el cuerpo como quien abre un reloj, para comprender -sin saber qué cosa fuera un reloj- su maquinaria, concibiendo el cuerpo como un mecanismo donde cada dispositivo cumple una función propia. Pero ni siquiera este símil es completo, porque, a diferencia de un reloj, el cuerpo se revela continente de un sinnúmero de itinerarios posibles y entrecruzados: la profusa musculatura es tan solo un preámbulo para enfrentarse la inextricable complejidad del aparato circulatorio, el aparato respiratorio, el aparato digestivo, el sistema linfático, el sistema nervioso. Aristóteles pensaba que el centro del cuerpo era el corazón. Vesalio afirmó que eran el cerebro y el sistema nervioso los lugares donde se desarrollaban el pensamiento y las emociones. Pero no es una trepanación craneal lo que Vesalio desea mostrar en el frontispicio de su libro, ni tampoco un corazón anidado en un tórax abierto. No parece por tanto apelar a las emociones, ni tampoco, como podría esperarse de un humanista, al pensamiento. Y aunque es cierto que no hay demasiado margen para afirmarlo, y teniendo en cuenta que se trata sin duda del cadáver de una mujer y no el de un hombre, es plausible la sospecha de que la lección que el profesor está impartiendo no atañe de un modo general a la cavidad abdominal sino a una de las parcelas más desconocidas -y fascinadoras, entonces- de la anatomía humana: el aparato reproductor femenino, la matriz, el útero, esa clepsidra que con precisión lunar y con la benevolencia de las estaciones arroja al mundo sus riquezas.

Izquierda: lámina de De humani corporis fabrica (1543); Derecha: Ana Gorría, poema [VII], de la serie Pieles-poemas-rumores, Juan José Gómez Molina, 2005

En un contexto en el que Europa se divide en diatribas religiosas de todo tipo, la zanja que Vesalio abre en el cuerpo está desgarrando -como un borrón en un texto hasta entonces bien aprendido, o como una fisura irreparable en un dogma de fe- la linealidad de cualquier discurso puramente especulativo, y lo hace planteando una terrible aquiescencia. “He aquí el auténtico origen del mundo”, parece decirnos el profesor entre dientes. Si tomamos como cierto el dato, cabe preguntarse ¿Sería casual entonces que, con el doble gesto de sus manos, el médico oponga a un memento mori el auténtico seno de la vida?  “Hay un lugar que todos los hombres conocen y no conocen: el vientre materno” escribió Pascal Quignard en El sexo y el espanto (1994). Qué misterio más pronto a resolver, más oculto y a la vez menos oscuro, que el de esa compleja ingeniería hidráulica que permite la generación de la vida. Vesalio nos mira y afirma: “He aquí, mi alumno, el auténtico origen del mundo, aunque para revelarlo y comprenderlo hayas de auscultar su contrario, un cadáver, y mirar a la muerte”.

En 1561 Gabriele Fallopio (1523-1562), alumno y sucesor de Vesalio al frente de la cátedra de anatomía de la Universidad de Padua, publica sus importantes Observationes anatomicae, donde describe importantes regiones del cuerpo humano (como el oído interno o el sistema nervioso craneal) y acuña los términos anatómicos modernos para la vagina, la placenta o el clítoris, dando su apellido (como si de un descendiente o de un descubrimiento geográfico se tratara) a los conductos que unen los ovarios con el útero.

De Humanis Corporis Fabrica (I). Los personajes del drama

De Humani Corporis Fabrica (II). La arquitectura y la muerte

De Humani Corporis Fabrica (III). Mirada y geografía corporal

De Humani Corporis Fabrica (IV). El fragor de la Ciencia

De Humani Corporis Fabrica (V). Bajo continuo


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2 respuestas a De Humani Corporis Fabrica (III). Mirada y geografía corporal

  1. David dijo:

    Muy interesante, como siempre, su análisis. Le escuché, ya de pasadas, en la radio, un placer también escucharle.
    Saludos.

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