El sexo y el espanto

…nadie apaga la llama con el incendio. La naturaleza se opone a ello. Es el único caso en que, cuanto más poseemos, más esa posesión abrasa nuestro corazón con un espantoso deseo (dira cupidine). Beber, comer, son deseos que se satisfacen y el cuerpo absorbe algo más que la imagen del agua y la imagen del pan. Pero el cuerpo no puede absorber nada de la belleza de un rostro o el esplendor de la piel. Nada: come simulacros, esperanzas extremadamente leves que se lleva el viento. Lo mismo le sucede al hombre a quien devora la sed en pleno sueño. En medio de su fuego no tiene agua a su disposición. Solo puede recurrir a imágenes de arroyos. En vano se empecina. Muere de sed en medio del torrente donde está bebiendo. También los amantes en el amor son juguetes de los simulacros de Venus. Sus cuerpos presienten la inminencia de la alegría (gaudia). Es el instante elegido por Venus para fecundar el campo de la mujer. Hincan (adfigunt) ávidamente sus cuerpos. Mezclan sus salivas (iungunt salivas). Con sus bocas no aspiran más que el aire de los labios contra los que aplastan sus dientes. En vano. De ese cuerpo no pueden arrancar parcela alguna. No pueden hundir todo su cuerpo en otro cuerpo. No pueden pasar enteramente al otro cuerpo (abrire in corpus corpore toto). En algunos momentos podría pensarse que es eso lo que desean, con tal avidez ciñen a su alrededor las ataduras que los unen. Cuando por fin los nervios no pueden contener más el deseo que los tensa, cuando este deseo irrumpe (erupit), tienen un breve respiro. Por un instante se calma el ardor violento. Y luego viene la misma rabia (rabies), el mismo frenesí (furor). De nuevo buscan lo que esperan. De nuevo se preguntan qué es lo que desean. Extraviados y ciegos, se consumen, roídos por una herida invisible (volnere caeco).

Pascal Quignard cita a Lucrecio (De natura rerum, Canto IV) en El sexo y el espanto. Editorial Minúscula, 2005. pp. 64-65. Trad. de Ana Becciú.

La imagen es un fresco ubicado en la última sala de una taberna pompeyana probablemente dedicada al comercio del sexo, siglo I d.C.

Acerca de Rrose

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6 respuestas a El sexo y el espanto

  1. machbenak dijo:

    me recordó un verso de Villón:
    muriendo de sed junto a la fuente.

    saludos!

  2. Régulo dijo:

    De Pascal Quignard, también recomiendo con pasión, a mis amigos, otras dos hermosas obras: ‘Vida secreta’ (Espasa), así como ‘El lector’ (Cuatro Ediciones).
    Gracias por regalarnos tus lecturas del mundo.

  3. Rrose dijo:

    Gracias Machbenak y Régulo, tanto Villón como Quignard son de mi gusto. Gracias por las recomendaciones, tomo buena nota ;)

  4. Pingback: Moustier-City

  5. Nadim dijo:

    Uno de los mejores blogs que he encontrado en internet, y lo mejor: no sé cómo llegué a él.

    Espero sigas publicando artículos.

  6. edith dijo:

    Este post está logrado, me ha resultado muy elegante, hermoso y las palabras en latín son las que le otorgan esa dimensión casi sacra.

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