Honarvar & Farrokhzad: Cirugrafía & Cinegrafía

De la serie Faces: an identity lost side project, Ashkan Honarvar, 2009

Hace varios años que reparé por primera vez en la obra de Ashkan Honarvar. Me limité entonces a señalar una obra gráfica inquietante, cautivadora y capaz. Pero muy diferente -y también mucho menos amable- es lo que he encontrado al revisar ahora su producción, como diferente es también para mí el efecto de conocer que las raíces del artista no son, como yo vagamente pensaba, europeas, sino iraníes. Rostros, un proyecto acerca de la pérdida de la identidad, es el título general que reciben varias series de fotografías sobre las que Honarvar lleva trabajando desde hace algunos años, un proyecto que no trata únicamente de distorsionar el rostro -algo que han hecho innumerables artistas y que es asunto de conocido interés para el que esto suscribe- sino de intervenir o modificar artísticamente imágenes de rostros previamente distorsionados por agentes que nada tienen que ver con el arte.

De la serie Faces: an identity lost side project, Ashkan Honarvar, 2009

No es Honarvar un fotógrafo, o en todo caso no es la fotografía por sí misma la meta de su obra. Pertenece más bien al destacamento de aquellos que prefieren transformar un material dado, y de entre los distintos tipos de fotografías y de rostros que el artista ha intervenido, hay una serie en particular que es la que realmente despierta mi interés: se trata de estas mismas imágenes que aquí ven, un conjunto de rostros de soldados gravemente heridos durante la primera guerra mundial. Esta serie de Honarvar da prueba de que la reutilización de la fotografía, como el tan traído y llevado found footage en el ámbito del cine experimental, no hacen sino multiplicar exponencialmente y a cada segundo su potencial, y de entre todos los materiales posibles, la documentación médica se presenta a menudo como un auténtico filón. Entre las experiencias personales más turbadores que recuerdo se cuenta el mero ojeo -ni siquiera un estudio pormenorizado- de una abundante colección de retratos fotográficos tomados a finales del siglo XIX o a comienzos del siglo XX en una institución psiquiátrica española de ámbito provincial. Es decir, el infierno. Lo que uno podía encontrar en los rostros de aquellos internos, como en los rostros de los ex-combatientes de Honarvar es, en una infinidad de combinaciones, el tedio, la tristeza, el odio visceral, el miedo más profundo, la crueldad, y a menudo también la más completa y conmovedora inocencia. La intensidad de este tipo de imágenes a menudo supera con creces la de muchas fotografías pretendidamente artísticas. La materia prima que contienen es totalmente explosiva, y no cualquier artista se atreve a hacerse cargo de ellas. En primer lugar porque son imágenes que queman en las manos y que abrasan los ojos, y en segundo lugar porque no debe ser nada fácil domeñar la fuerza que contienen. Menos aún articular con ello un discurso capaz de salvar el obstáculo de lo puramente morboso. Estos precisamente son los logros de Honarvar.

De la serie Faces: an identity lost side project, Ashkan Honarvar, 2009

En la película Il mestiere delle armi (El oficio las armas) (2001), el cineasta italiano Ermanno Olmi trató de mostrar la fractura que la enorme capacidad mortífera de las armas de fuego había provocado en los ideales militares y humanísticos de la Italia de la primera mitad del siglo XVI. Olmi presentaba allí la traumática sustitución del caballero -elevada figura cultural de resonancias clásicas, claramente diferenciado del soldado, osea, del asueldado- por el mero combatiente. Ni el valor, ni la constitución física, ni el adiestramiento ni el honor podrán ya librar al combatiente -y por desgracia también al civil- en los siglos venideros del horror del azar, de los proyectiles extraviados, del, literalmente, infinito potencial exterminador de la industria armamentística. Esto sigue siendo, nos guste o no, un signo de nuestro tiempo, y si su papel nos parece marginal no es por una importancia escasa sino por un cuidadoso y perverso proceso de ocultamiento. Recordemos, por lo tanto, que la I Guerra Mundial fue, ante todo, un conflicto terriblemente devastador del capital humano, y con el cual la confrontación bélica alcanzó cotas inéditas de crueldad y de sufrimiento. Desde estos rostros nos miran hombres que han tenido frente a sí el absurdo del odio y la devastación, pero que al sufrimiento físico y moral suman en su caso la desgracia de que la guerra ha borrado o desdibujado su rostro, y por tanto, si no su identidad, una parte importante de ella. Sobre estos rostros descansa con mayor claridad que en ninguna otra parte la expresión clara de que la mayor perversión de un conflicto bélico consiste en la anulación del individuo.

De la serie Faces: an identity lost side project, Ashkan Honarvar, 2009

Partiendo de aquí, la intervención de Honarvar es, como pueden ver, la de un delicado grafismo que se adhiere a la piel del rostro haciendo gala de un dificil equilibrio entre la veladura y la revelación. Si la metralla o las deflagraciones distorsionaron el rostro, los trazos de Honarvar vienen a distorsionar, en un segundo tiempo, aquella antinatural distorsión primera. La mayor parte de las veces esta superposición nos oculta casi en su totalidad las heridas cicatrizadas, las lagunas, y aunque Honarvar no cubre totalmente las deformidades, trata claramente de impedir su percepción cabal. Y no me parece un gesto banalmente piadoso (cubro tu deformidad para que no sea motivo de escarnio), ni tampoco esa auténtica perversidad que consiste en esconder lo que ofende no solo al estómago sino en su fondo a la dignidad humana. Se trata de otra cosa muy diferente. Porque si bien Honarvar nos escamotea la naturaleza táctil de la herida sustituyéndola por los acumulados hilos de una tinta plana, esa intervención nos permite también intuir, adivinarlo absolutamente todo, y es por eso que los trazos negros tanto ocultan como sugieren. Son líneas que se asemejan a una extraña sutura, una grafía quirúrgica (una cirugrafía) cuyo sentido no es la reconstrucción facial. Reconstrucción es un término usado en cirugía que suele implicar la modificación y/o la sustitución de un menoscabo del tejido corporal, teniendo como objetivo una restitución lo más aproximada posible del original. Honarvar no reconstruye cosa alguna, y si algo no le interesa es desde luego el rostro original, que desconoce por completo. No se trata de reconstrucción sino de reparación mediante una reinvención: la cirugrafía de Ashkan se apoya precisamente sobre las lagunas del rostro, creando, a partir de ellas un frágil tejido orgánico que particulariza el rostro. Transforma las cicatrices en puntos de partida, pero no para ocultar ni para restituir, sino para dar al sujeto en cuestión una una identidad nueva que es necesariamente diferente de la original, y lo hace llevando la distorsión hacia el límite de un raro preciosismo donde habitan flores, delicuescentes animales, u ojos redoblados.

De la serie Faces: an identity lost side project, Ashkan Honarvar, 2009

Cuando pienso que las raíces de Honarvar están en Irán no puedo evitar recordar que el posible meollo humano de estos rostros reinventados es extraordinariamente similar al que la poeta y cineasta, también iraní, Forugh Farrokhzad (1935-1967) investigó con tanto tesón como delicadeza en Khaneh siah ast (La casa es negra) (1963), uno de los cortometrajes más pavorosos y turbadores que se han realizado acerca de la marginación del ser humano a causa de su deformidad y su padecimiento físico. Farrokhzad rodó La casa es negra a lo largo doce días en una comunidad de leprosos de la localidad iraní de Tabriz a la que había llegado varios meses antes para convivir con los enfermos. Debo decir que solo he visto la cinta una única vez, y mi impresión ahora es vaga, como vagas son las facciones de los leprosos que deambulan por los patios de esa leprosería perdida en la noche de los tiempos, unos enfermos que repiten, en el rezo y en el tedio del aislamiento, movimientos obsesivos. Enfermos que intentan aprender a leer y a escribir, seres devotos que mantienen como única esperanza de felicidad la vida ultraterrena que el Islam promete. Farrokhzad, al contrario que Honarvar, no escamotea ni los rostros ni los miembros perdidos. Su aproximación es tan directa como respetuosa.

Dos fotogramas de Khaneh siah ast (La casa es negra), de Forugh Farrokhzad, 1963

Apenas 22 minutos donde lo poético -los versos que la voz en off de la poeta recita incluyen fragmentos del Corán y de la Torah- y el tono propiamente documental se confunden, lo que hace que la textura general del corto se aproxime, según algunos, al Buñuel de Tierra sin pan (1933). Farrokhzad, sin embargo, sabía que completar el visionado sin apartar la mirada de la pantalla no era fácil, por lo que al inicio de la cinta colocó estas palabras: “El mundo está lleno de fealdad. Aún habría más si el hombre apartara la mirada. Van a ver en pantalla una imagen de la fealdad, un retrato del sufrimiento, que sería injusto ignorar. Por respeto al hombre, debemos luchar contra esta fealdad, aliviar este sufrimiento. Esa es la esperanza que ha inspirado esta película”. En una de las muchas secuencias notables del film una mujer de rostro terrible se asoma, ligeramente coqueta, a un espejo: se mira y quizás se busca. El crítico Mohsen Majmalbab llegó a decir que era “la película más bella del cine irání”, y es que la factura del corto es en todos los aspectos excelente, como delicada y compleja es la cirugrafía de Honarvar. Creo que les une a ambos un humanismo que encuentra su base en una intensa preocupación por la situación de su propio país. Farrokhzhad fue una reconocida defensora de la apertura cultural de Irán, y no sin arrojo había logrado divorciarse de su marido (con el que se había casado a los dieciséis años), pero perdiendo en el proceso la custodia de su único hijo, Kamyar. Mueve esto a pensar que la poeta se aproximó a la leprosería de Tabriz interesada no tanto en la deformidad física de los internos -que es sin lugar a dudas un aspecto fundamental de la cinta- sino en la sensación de profundo anhelo existencial que transmitían los enfermos, confinados en una existencia incompleta, alejados de sus familias y del cariño o del amor de sus congéneres. En la leprosería la cineasta adoptó a un niño.

Fotograma de Khaneh siah ast (La casa es negra), de Forugh Farrokhzad, 1963

En el ámbito del arte, el distanciamiento o una trayectoria oblicua de aproximación pueden ser resortes de primer orden para elaborar obras que de este modo son mucho más poderosas. Tomemos ahora en consideración que Ashkan Honarvar nació en Irán en 1980, y que emigró a Europa con apenas seis años, entre otras cosas y muy probablemente porque poco antes o poco después de su nacimiento se había desatado la Guerra Irán-Irak, un conflicto que no finalizaría definitivamente hasta 1989 y que se desarrolló en su mayor parte como una guerra de desgaste que agluna vez se ha comparado con la famosa guerra de trincheras de la I Guerra Mundial. Pregunto expresamente a Ashkan si no hay en sus rostros un modo oblicuo, indirecto quizás, de aproximarse a un episodio vivido, si no en primera persona, quizás en segunda o en tercera. Me responde que no desconoce la similitud entre ambos conflictos, pero que no le parece que sus rostros estén directamente inspirados en su experiencia personal durante la Guerra Irán-Irak. Admite sin embargo que conserva un pequeño puñado de recuerdos acerca de aquella guerra: las sirenas de aviso, el refugio antibombas excavado en el jardín, un espacio oscuro y húmedo cuyos muros interiores eran de cemento…  Inspirado o no en propias experiencias, lo cierto es que cuando en 2009 el artista acomete una serie de cuadros acerca de los recientes sucesos en Irán, no acude a la inmediatez que la fotografía -esta vez sí- podría proporcionarle, sino a la materia tanto más palpitante de una pintura casi monocroma donde el color de la sangre denuncia una violencia ejercida sin reparos, y donde el rostro, mostrando los signos de una agresión, es de nuevo el único vehículo de expresión, el protagonista.

Blank, de la serie Blank: serie paintings about the recent events in Iran, Ashkan Honarvar, 2009

La reparación que Farrokhzad reclamaba en La casa es negra no era corporal sino social. Honarvar no es un cirujano, es un artista. Su instrumento no es el bisturí, es el lápiz, el pincel. Su meta no es la restitución corporal, es el arte, y su investigación sobre los rostros afecta, si no al terreno de la memoria, sin duda, y cuán profundamente, al del espíritu. Estas imágenes lanzan preguntas incómodas a las que solo puedo sumar mis propios interrogantes. ¿Qué identidad han perdido estos combatientes arrasados? ¿No construyen también las guerras -para desgracia de todos- la identidad de las naciones? Creo -y solo puede ya ser un convencimiento personal- que lo que brota de estas imágenes es la afirmación de que hasta la parcela más oscura de la historia o de la psique puede ser objeto de ensayo, y que las heridas, el dolor y la pérdida también nos constituyen, al punto de que son, con más claridad que cualquier otra herencia, un legado enteramente propio. Al menos como punto de partida para la reinvención de algo mejor.

De la serie Faces: an identity lost side project, Ashkan Honarvar, 2009

Página web de Ashkan Honarvar

Forugh Farrokhzad

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7 respuestas a Honarvar & Farrokhzad: Cirugrafía & Cinegrafía

  1. juan dijo:

    Gracias, eres tan escrupuloso como respetuoso y perceptiblemente generoso al encontrar y postrar estos hayazgos, casi arqueologias cotidianas ante y para nosotros, todos
    un gusto, vamos.

  2. bashevis dijo:

    algunos de los trazos sobre los rostros, me recuerdan a las obras graficas de Unica Zürn… la superposicion de lineras, borrones, ojos…

    un admirador de “la casa negra”, te agradezco el descubrimiento de Honarvar… excelente.

  3. Rrose dijo:

    Hola Juan,
    muchas gracias por tus palabras, el gusto es mío al alojar aquí estas imágenes y que le gusten a un artista como tú.

    Bashevis,
    muy bueno y muy pertinente el apunte que haces! se me había pasado completamente. Gracias ;)

  4. David dijo:

    Muy buena entrada. Me gusta la cadencia de la lectura, el como resuenan las palabras en mi cabeza mientras leo; por no decir de las imagenes de las que creo que esta todo dicho.
    Salud.

  5. bien amigo, impresionante fotografía

  6. Dr Zito dijo:

    Le dire que conozco por ahi pocos blogs tan buenos como el suyo. Es un placer acercarse y leerle. Muchas felicidades y muchas gracias por esta entrada.

  7. Rrose dijo:

    Hola David, Jesús, Dr. Zito: muchas gracias por vuestras palabras. Yo debo decir que no fue fácil ni tampoco agradable escribir este artículo, y que me alegra mucho que os guste.

    Saludos ;)

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