Yanke: a ras de texto

Esto es algo que me interesa especialmente: que la página tenga fugas por todos lados
sin dejar de estar, por otra parte, cerrada sobre sí como un huevo.

DELEUZE, Conversaciones
Papasquiaro 9, Rebeca Yanke, 2009

Bibliofilia es el término que designa la conducta de aquellos que anhelan el contacto físico con el libro, y entre los que sin pudor me cuento. Dijo Ramón Gómez de la Serna que “las cosas no defraudan”, y yo debo admitir que entre mis relaciones más estables y duraderas se encuentran las que durante años he mantenido y mantengo con un buen puñado de libros. Hay lectores compulsivos que hacen de los libros su morada, y se han dado casos graves de personas que, al no encontrar lo que desean leer, llegan a escribir sus propios libros. A estos seres desgraciados se les conoce como escritores, y contienen un subgénero que responde al nombre de poetas. El término escopofilia, por otro lado, define la pulsión que le es propia al ojo y a la mirada: la voracidad insaciable ante lo visible. Este trastorno suele dar origen a otro tipo de sujetos que, no contentos con la infinita variedad de imágenes que pueblan ya el mundo, toman a su cargo la tarea de alimentar la escopofilia ajena o incluso la propia mediante la generación de imágenes. A estas personas, más extravagantes si cabe, se las conoce como pintores, fotógrafos o cineastas. Y todos podemos ya, con mayor o menor fortuna, fabricar imágenes, e incluso difundirlas inmediatamente a través de la red de redes, pero no a todo el mundo le es dado el triple don de albergar un mundo propio, de desarrollar una mirada capaz de discernirlo, y de manejar con soltura un medio que le permita enunciar -caso de que no fueran la misma cosa- su mundo y su mirada. Es el caso de la periodista, poeta y fotógrafa Rebeca Yanke (Bilbao, 1978), porque de la conjunción de los dos trastornos anteriores, la bibliofilia y la pulsión fotográfica, nacen imágenes como las que aquí ven.

Centruuuum (lectura de Claudio Rodríguez), Rebeca Yanke, 2009

Como la escritura, para Rebeca Yanke la fotografía es algo más que una afición, es un modo de vida. ¿Qué puede decirse acerca de las motivaciones y consecuencias del acto de escribir, de construir un mundo verbal propio, que no se haya dicho ya? Pues bien, el dominio y la hermandad que un fotógrafo puede llegar a establecer con el ojo frío de su cámara es un proceso no menos misterioso o adictivo, y en el que también entran en juego importantes componentes existenciales y psicológicos. En su ensayo sobre la fotografía, Barthes no hizo sino desglosar minuciosamente su estupefacción ante la incontrovertible y radical naturaleza del acto fotográfico y de sus productos materiales: el estremecimiento ante la imagen recobrada de un ser querido y la venganza callada de las imágenes atrapadas en el tiempo. Otros se refirieron a la posibilidad de percibir la realidad bajo la perspectiva de un ojo hipotéticamente imparcial y salvajemente limpio, de acceder, por tanto, a un aspecto de la realidad casi sobrenatural: el inconsciente óptico. Con Yanke la escritura y el obturador fotográfico se suceden y se alternan al ritmo de lo cotidiano, y por eso, el mundo poético y fotográfico de la autora se encuentra en un proceso de elaboración constante, conformando un doble diario íntimo que va dando aquí y allá señales de un itinerario sigiloso siempre, pero también intenso.

Diccionario abreviado del Surrealismo, Rebeca Yanke, 2009

Aclaremos que la idea de fotografiar libros no es, evidentemente, nueva. Algunas de las fotografías de Rebeca me recuerdan una imagen magistral con la que Brassaï capturó un diminuto billete de autobús abierto en dos mitades rizadas, pero tomado a tal escala de proximidad que aquel objeto minúsculo cobraba un volumen soberbio y fascinante en su monumentalidad. Y me recuerdan sobre todo las dos series que Abelardo Morell (La Habana, 1948) dedicó a libros, bibliotecas, y anaqueles. El fotógrafo cubano puso en juego una ingeniosa escenificación objetual que desata lo imprevisto transitando a veces una vía muy similar a la de Chema Madoz, que entre sus inacabables pesquisas entre los objetos tampoco dejó pasar la tentación de jugar con los libros y alterarlos. Las imágenes de Yanke hacen acopio, al menos a priori, de muchos menos elementos retóricos, pero a pesar de su desnudez o precisamente a causa de ella, no son menos interesantes, porque ni Morell ni Madoz superaron la barrera del libro como objeto. La atención que Yanke presta a la palabra, al texto, emparenta de algún modo sus fotografías con las paradojas de artistas conceptuales como Robert Barry o Joseph Kosuth. Como las obras de estos artistas, la fotografías de Yanke pueden, literalmente, leerse, pero sobre todo deben leerse literariamente. Kosuth nos recuerda que, curiosamente, la palabra imagen también define un figura literaria.

A Farewell to Arms, Abelardo Morell, 2001; Libro espejo, Chema Madoz, 1992
Art as idea as idea (Image), Joseph Kosuth, 1966-1967

Bien es verdad que a Rebeca le interesa la naturaleza material, táctil, del papel y del texto, tomando a veces un punto de vista ligeramente infrahumano mediante el cual la palabra impresa se magnifica o se monumentaliza distorsionando las escalas habituales. Un libro es un objeto complejo y delicado sobre el cual la luz se convierte en un agente provocador de primer orden, por eso Yanke recoge a veces la claridad que reposa en la superficie del papel, revelando su orografía y su fibra más desnuda. Otras veces la luz está cuidadosamente tamizada y genera variaciones cromáticas sorprendentes o reflejos espejeantes sobre la superficie de la tinta impresa. Y a menudo es por el contrario la sombra la que se cierne sobre las palabras, acotando y reencuadrando. Pero en los casos que encuentro más interesantes, lo que se fotografía no es un libro, sino una sola página, y a veces incluso una única línea de texto o una o dos palabras bien definidas en un turbio océano de letras que desborda la imagen. Fue Tristan Tzara el que nos dio en 1920 las Instrucciones para escribir un poema dadaísta, consistentes en tomar un periódico y recortar palabras al azar para recomponerlas del modo más absurdo posible, pero lo cierto es que solo la pericia de un auténtico poeta obtuvo buenos resultados con métodos como este. Pues bien, como Tzara, escogiendo, aislando, fotografiando, Rebeca también escribe: estas fotografías fabrican pequeños ready-made textuales.

Total, Rebeca Yanke, 2008

De hecho, nunca me ha parecido carente de significado el hecho de que en Rebeca encontremos simultáneamente a la periodista de prensa, brillante y profesional, y a la poeta que anota sin cesar unas escuetas impresiones poéticas que luego se convierten en libros como Infinitos Corpúsculos (2010). Se trata dos flujos verbales (el periodístico y el poético) normalmente considerados divergentes, pero que en su caso operan mediante una compleja simbiosis en la que también interviene como un tercer brazo su rol de lectora, un rol que a su vez también se desdobla: lectora de oficio (en calidad de periodista) y lectora devota y bibliófila, como lo son todos los poetas dispuestos a entrechocar su visión del mundo con la de los demás. En su escritura y en su fotografía el lenguaje es el objeto. Es más, en los poemas de Yanke se pueden encontrar procedimientos formales bajo los cuales sus fotografías bibliográficas cobran un sentido más amplio. Siempre me ha parecido que esta poeta no escribe sus poemas, sino que los compone, y no me refiero a un posible sentido musical de sus textos (que yo no desmiento), ni tampoco a que sus poemas estén elaborados con fragmentos de otras obras (la cita es una herramienta fundamental en sus escritos), sino a que compone tipográficamente su escritura, es decir, que encaja o desencaja los signos tipográficos (cual tipos móviles) y que con rápidos juegos de manos las letras y las palabras comienzan a bailar, a ausentarse y a multiplicarse o mutar, lo que produce un efecto de desdoblamiento semántico unas veces, y de elipsis otras muchas, que poco o nada tiene que ver con la pirotécnica tipográfica de las viejas vanguardias, sino con la exploración de ese espacio vacante que hay entre los tipos de imprenta como lo hay en el lenguaje ordinario, un espacio minúsculo, casi mudo, que la autora aprovecha para dejar germinar su propia heterodoxia poética. El resultado es por regla general la elaboración de unos textos aparentemente nimios que están sin embargo plagados de trampas y corredores en lugares inesperados. La escritura de Rebeca se desarrolla hacia dentro, y no solo porque en estos poemas se recoge el testigo artaudiano de un exhaustivo y áspero mapeo del mundo interior, sino porque siembra su discurso en las grietas de lo inadvertido, plantando oposición -una línea de fuga abierta y arborescente- al flujo comunicativo -a menudo incontenible, unidireccional o banal- de nuestro tiempo.

Oteiza, Rebeca Yanke, 2010

Resulta muy elocuente que uno de los principales arrasadores del lenguaje establecido como lo fue Artaud (un poeta al que Yanke tiene muy presente), sea también uno de los mayores renovadores de las artes escénicas en la Europa del siglo XX. Bajo esta aparente contradicción se ocultaba el deseo de transubstanciar las emociones, no en las fórmulas verbales habituales, sino en gestos, en objetos, en situaciones, en cosas. “Hay un punto fosforoso donde toda la realidad se recupera, pero cambiada, transformada -¿y en virtud de qué?-, un punto de mágico empleo de las cosas”, escribió Artaud en El pesa-nervios (1925). Fotografiando libros, pero también personas, cucharas, puertas, nubes, o ventanas, Yanke acota y cosifica la evanescente naturaleza de lo real. Hay pues un silencio elocuente en estas fotografías, porque contienen la condensación o la transformación del ruido perceptual o existencial que nos rodea en imágenes. Y como quien hace croquetas Rebeca elabora poemas amasados con las sobras tipográficas que caen de cada ejemplar de periódico, pero también con las palabras y las emociones fotográficamente espigadas en los libros. “Trabajo sobre lo que leo, en realidad. Reimpresiones y desvelos. Lectura hecha carne” afirma Rebeca. También en sus fotografías la lectura se hace carne, objeto palpable, epidermis, puesto que la fotografía actúa como una herramienta de fijación de lo mirado o lo sentido, y también como una herramienta dotada de un enorme poder de distanciamiento.

Diario del domador, Rebeca Yanke, 2010

“De eso se trata, de habitar la lengua propia como un extranjero, de trazar una especie de línea de fuga mediante el lenguaje”, escribió Deleuze. Una declaración de intenciones que Yanke aplica por igual en la escritura y en la fotografía, porque el apasionante proyecto de habitar el lenguaje como un extraño es el de renovar la capacidad de sorpresa ante todas sus manifestaciones: el lenguaje de la calle, el de los medios de comunicación, de los dialectos potencialmente infinitos de la intimidad familiar o de la amistad, el lenguaje de la memoria, pero también el lenguaje del discurso literario ajeno, el de la letra impresa, y es justo ahí donde el ojo de la cámara de fotos realiza su cometido. “En general casi todo me genera una posibilidad, y en cualquier circunstancia veo otras, y en cualquier palabra infinitos contextos” ha dicho la autora. Si la escritura y la fotografía de Rebeca responden al proyecto deleuziano es porque se apoyan en un estado perceptivo que interroga y se extraña ante lo que mira a cada segundo, y que cuando mira o lee un libro -es decir, cuando lo fotografía- no hace en última instancia sino narrar su propia mirada y su propio deslumbramiento o su aventura a ras de texto, haciéndonos partícipes de aquello que creíamos hasta ahora perteneciente al ámbito de lo estrictamente íntimo: la emoción de la lectura, sí, pero sobre todo el instante aún más infraleve en que lo leído deviene patrimonio personal.

Meschonnic, Rebeca Yanke, 2010

Libros y Letras en la galería Flickr de u minúscula

Infinitos Corpúsculos (blog)

Las declaraciones de Yanke provienen de una entrevista realizada por Jordi Corominas para Revista de Letras

Acerca de Rrose

https://maquinariadelanube.wordpress.com/595/
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5 respuestas a Yanke: a ras de texto

  1. Ilustrativo como no podía ser menos.

    Buena semana.

  2. Estupor dijo:

    Estoy empezandoa a profundizar en la poesía de Rebeca Yanke.
    Me parece interesantísima.

  3. Miguel Veyrat dijo:

    Tratamiento del lenguaje como objet d’art. Un hallazgo genial. Sólo poetas de la talla de Rebeca son capaces de penetrar la espesa nube y construir un mundo nuevo. Alegría. Aún es posible.

  4. La mayoría de las fotos son notables, pero es que hay algunas que son excepcionales, letra levitando una, con paño de oro otra, la galaxia naciente de Claudio Rodríguez y la mirada perruna y hociqueante de la que encabeza. Portentosa y adnmirable finura, qué grande

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