Langjökull

Vista aérea del glaciar Langjökull, Johann Dréo, 2004

Las nuevas tecnologías, y en su máxima expresión la red de redes, siembran la realidad de pistas y fogonazos rápidos, pero las conexiones y las sinapsis solo nacen de la reflexión. A menudo, cuando leo una crítica, y sobre todo si es de arte, tengo la sensación de estar consumiendo un producto plano y sin memoria. Casi siempre se olvida aquello tan polvoriento e irrefutable del “nada es, todo deviene”, un aserto que, si puede aplicarse a cualquier parcela de lo real, lo es aún más en el caso del arte. La auténtica creatividad es una forma de contaminación cultural, y por tanto conlleva un porcentaje de repetición, de revisión, y -muy importante- de trasvase. La supuesta asimilación de las vanguardias históricas se saldó con la imposición de la originalidad como principio básico de la creación artística, pero la originalidad no es más que un valor entre otros muchos posibles, y no precisamente el más fértil.

Earth – Moon – Earth (Moonlight Sonata Reflected from the Surface of the Moon), Katie Paterson, 2007

La obra de Katie Paterson (Glasgow, 1981) es interesante y es sugerente. Combinando elementos que provienen de la ciencia o la tecnología ha elaborado objetos e instalaciones dotados de un delicado sentido poético, pero su obra carece de la extrema originalidad con la que se le ha etiquetado en algunos medios. Las obras que más me interesan de esta artista escocesa son las que guardan relación con la música o, de un modo más amplio, con los sonidos. Earth – Moon – Earth (Moonlight Sonata Reflected from the Surface of the Moon) es, por ejemplo, una obra solo aparentemente sencilla, porque la idea que la justifica produce un ligero estremecimiento cósmico: Paterson trasladó la partitura de la Sonata Claro de Luna de Beethoven a código morse, y emitió el mensaje mediante señal de radio sobre nuestro satélite. La señal que, mediante refracción, devolvió la luna presentaba lagunas adquiridas, al parecer, debido a su superficie irregular. Devuelto el mensaje cifrado a la partitura, ésta incorporaba de algún modo, en su imperfección, y en el azar que había intervenido, la naturaleza real, accidentada, de la luna. La nueva composición, incompleta respecto a la original -o quizás solo corregida- era interpretada en una límpida galería por un piano mecánico de última generación.

Earth – Moon – Earth. Inicio de la partitura enviada (arriba) y recibida (abajo), Katie Paterson,

Rara ironía la que resulta de confrontar una obra como Earth-Moon-Earth con la tradición hermética que va desde Pitágoras hasta ese conjunto de disquisiciones esotéricas en torno a la llamada música de las esferas, que conecta las proporciones numéricas y las longitudes espaciales con sus correspondencias musicales. Robert Fludd concebía el universo como un instrumento monocorde en cuyas variaciones se registraba la armonía de la creación. Johannes Kepler explicaba en Harmonices Mundi (1619) que las órbitas de los planetas emitían tonos cuya suma daba lugar a la música celeste. Bajo esta analogía en particular, la partitura obtenida por Paterson podría interpretarse como una higiénica bofetada de infinito y azar propinada sobre los esquemas mentales de la paraciencia esotérica y de la poética romántica de Beethoven; una interesante colisión de estéticas, pero sobre todo de las cosmovisiones de las que estas nacen.

Ilustración de Utriusque Cosmi, Maioris scilicet et Minoris, metaphysica, physica, atque technica Histori, Robert Fludd, 1617-1621

Que la astronomía es un área de interés recurrente para Paterson es algo que demuestra una de sus últimas obras, un mapa realizado sobre una plancha metálica donde se ubican alrededor de 27.000 estrellas muertas y observadas por el hombre. De nuevo el estremecimiento.

All the dead stars, Katie Paterson, 2009

Pero hay una obra de Paterson que despierta, con mucha más intensidad, mi interés. Se titula Langjökull, Snæfellsjökull, Solheimajökull (2007), y de ella solo nos queda el vídeo y la grabación sonora que documenta la acción. Así describe la autora su obra:

Grabaciones sonoras de tres glaciares en Islandia, impresas en tres discos realizados con agua congelada proveniente del hielo derretido de cada uno de esos tres glaciares, e interpretadas en tres tocadiscos hasta su derretimiento completo. Los discos fueron reproducidos una sola vez y ahora existen en tres DVD. Los tres tocadiscos comienzan a funcionar juntos, y durante los primeros diez minutos, mientras las agujas trazan su recorrido, los sonidos de cada glaciar emergen y desaparecen entre los sonidos que el hielo crea por sí mismo. La aguja queda atrapada en el último giro, y los discos suenan durante casi dos horas, hasta que se derriten por completo.

Langjökull, Snæfellsjökull, Solheimajökull, Katie Paterson, 2007

Dejando a un lado el motivo de estas partituras y grabaciones, es evidente que conectan con un tipo de procedimiento artístico basado en la distancia y el respeto entre el artista y el material que utiliza, como si aquel se limitara a conducir una situación donde el azar juega un papel preponderante. Paterson, mediante esta vía de aproximación al arte sonoro, y por extensión al arte conceptual, no hace más que reproducir o desarrollar las experiencias llevadas a cabo por Marcel Duchamp hace casi un siglo:

Duchamp rasgó un cartón dividiéndolo en pequeñas cartas y escribió una nota en cada una de ellas. Después mezcló todas las cartas en un sombrero y las extrajo una por una. Las notas eran apuntadas según la secuencia en que había sido extraídas. La partitura fue establecida para tres voces (para sus dos hermanas y para él mismo). Como texto puso una definición de la palabra “imprimir” de un diccionario francés.

Block, René. Música fluxus: el acontecimiento cotidiano. Conferencia. 1994

La pieza recibió el título de Erratum Musical y Duchamp volvería sobre estos menesteres algo más adelante, pero es aquel breve e intrascendente episodio familiar de 1913 el que sienta las bases de las prósperas e inminentes relaciones entre música, arte, y azar a lo largo del siglo XX y XXI. El 5 de marzo de 1968, Duchamp -gran jugador de ajedrez- se reunía con el norteamericano John Cage -el gran músico del azar- en el Ryerson Theatre de Toronto para disputar una singular partida de ajedrez. Del grueso tablero preparado para aquella partida salían decenas de cables, y en su superficie aparecían unos pequeños agujeros: Cage pretendía obtener, mediantes unos sensores fotosensibles, un flujo sonoro y lumínico que idealmente provendría no solo de los movimientos y combinaciones tácticas de ambos contrincantes, sino, por extrapolación simbólica, de algo así como su actividad mental. Se trataba pues de la preparación de un marco que permitía que el azar dejara su huella. Aquel evento fue conocido posteriormente con el título de Reunion.

Teeny Duchamp, Marcel Duchamp y John Cage durante la partida de Reunion, fotografía de Shigeko Kubota, 1968

Cage es el eslabón que une a Duchamp con la música Fluxus. Y no trazo ahora esta línea, evidente por otro lado, por capricho. La música glacial de Paterson guarda una enorme similitud con ciertas obras de artistas fluxus como Yoko Ono y Mieko Schiomi, y me refiero a acciones o composiciones que exploran el azar mediante una poética de lo gélido y lo voluble (en tanto que soluble, en este caso):

TRES OBRAS ADICIONALES CON LA NIEVE. Para solista o varios intérpretes. Yoko Ono, 1964.

Nº1

Envíe los sonidos de la nieve a una persona que le guste a usted.

Nº2

Pasee en la nieve sin dejar huellas de los pies.

Nº3

Encuentre en la nieve una mano.

MÚSICA DE AGUA. Mieko Schiomi, 1964.

Versión I

Se cubre un disco con cualquier material soluble al agua y se toca con el agua chorreando sobre él.

La aguja registrará la música de los puntos disueltos por el agua.

Versión II

1. Dé al agua una forma inmóvil.

2. Haga que el agua pierda esa forma moviéndose.

Vatnajökull (the sound of), Katie Paterson, 2007

A pesar de su condición de artista emergente, el valor de las instalaciones de Katie Paterson no radica en su originalidad, sino en la fructífera extrapolación de una estética ya experimentada de forma muy similar por artistas conceptuales. El mayor mérito de una obra como Langjökull es el exitoso trasvase del discurso puramente conceptual –habitualmente críptico, formalista, metaartístico, o sencillamente opaco- a un ámbito como el de la conciencia medioambiental. Langjökull tuvo una razonable secuela en otra instalación, titulada esta vez Vatnajökull (the sound of): la artista se trasladó a este otro glaciar islandés para instalar en él unos micrófonos especiales con los que poder captar, de forma permanente, y mediante señal telefónica, los sonidos del glaciar. La instalación propiamente dicha consistía en un simple neón colocado en la pared de una galería con el número de teléfono al que el visitante de la exposición podía llamar para escuchar el glaciar en tiempo real. A esto se le puede llamar, sin paliativos, dar voz a la naturaleza. Paterson ofrecía la posibilidad de escuchar el crujido del deshielo realizando una simple llamada de teléfono. El sentido de esta obra es claro y rotundo en un contexto en el que la situación global de las amenazas medioambientales se nos van, día tras día, de las manos, y ante la impasibilidad general de cada uno de nosotros, aunque tengamos el desastre delante de las narices y sus efectos se corporicen en icebergs de 140 Km cuadrados de superficie…

Vatnajökull (the sound of), Katie Paterson, 2007

Página web de Katie Paterson

LangjökullSnæfellsjökull

SolheimajökullVatnajökull

Bitácora sobre la realización de la obra Vatnajökull (the sound of)

La pista sobre Paterson se la debo, esta vez, a u minúscula

Acerca de Rrose

https://maquinariadelanube.wordpress.com/595/
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2 respuestas a Langjökull

  1. Rrose dijo:

    Estos fueron los comentarios del artículo en su antigua ubicación:

    u dijo
    me ha dejado muy flipada esto
    1 Marzo 2010 | 12:07 AM

    pablo dijo
    Hola Rrose
    De nuevo se comprueba que todos los caminos conducen a tu querido Duchamp…
    Muy de acuerdo con la infertilidad de la originalidad. Sin llegar, claro, a extremos a lo Eugenio D´Ors.
    Un abrazo
    1 Marzo 2010 | 08:47 AM

    rrose dijo
    u,
    bebe agüita del glaciar pal susto, jeje ;)
    pablo,
    no creo que todos los caminos conduzcan a Duchamp, pero sus sendas se entrecruzan por muchastodas partes, y por tanto, al cesar lo que es del cesar. Tanto más se entrecruzan esas sendas si el que las sigue con la literna es un duchampiano en tratamiento como este maquinista que esto suscribe.
    Lo de la originalidad es problemático y quizás dé lugar a discusión (lo cual está muy bien).
    Complementaré -a iniciativa propia- la idea con esto: no opino que el arte de nuestros días sea “menos original” que en otras épocas (y en última instancia no me interesa esta cuantificación). Lo que yo quería decir más bien es que la sobrevaloración de la originalidad contribuye al enturbiamento de lo que es el arte y del papel del arte en el mundo actual. Y ya están las cosas bastante turbias de por sí.
    Y algo más: todos los grandes artistas (los de manual) no fueron rompedores sino porque también fueron profundos conocedores de la tradición.
    En el caso de Paterson, toda esa tradición, de la edad moderna y también de la contemporánea, consciente, o inconscientemente, está ahí. Yo creo que está, con todas las posibilidades del error.
    Saludos ;)
    1 Marzo 2010 | 01:56 PM

    D. dijo
    Mastodóntico trabajo el suyo Sr. Rrose, es para mí fuente de inspiración. Conozco (Maquinariadelanube) desde hace poco, quizas se lo debamos también al azar; y me alegra cada domingo encontrarme con una nueva entrada en su blog.
    Un saludo.
    1 Marzo 2010 | 03:15 PM

    pablo dijo
    La originalidad: esbozo de discusión
    Tus palabras y este post me han recordado a algo que decía Tarkovsky sobre la originalidad. Sobre lo problemático que resulta su busqueda continua, como si de un grial se tratara.
    Y también, claro, en las palabras de DÓrs que decoran los frisos del Cason del buen retiro.
    Una frase que odio demasiado como para ignorarla.
    “Todo lo que no es tradición es plagio” insoportable en su radical y aspero tradicionalismo; pero con una fuerza sonora tan brutal y tan panfletaria que dan ganas de admitirla como animal doméstico.
    Me hace pensar que no siempre tener razón importa. No tanto al menos.
    La pregunta sería: ¿Hasta cuando es sensato asumir las tradiciones? Cuando empiezan a ser una losa.
    La tradición muchas veces es el padre freudiano. Hasta que un artista no mata a la tradición no puede reconciliarse con la historia.
    Desde luego, Duchamp es el incontestable faro del arte contemporáneo. No deja de ser alguien que huyo de Europa para no tener que ser el nieto de Shakespeare o el hijo de Miguel Ángel. Para tratar de plantar nuevas raices dentro de la “inculta” america industrial.
    1 Marzo 2010 | 03:49 PM

    Peter Pank dijo
    No sé qué pasa con los correos pero por si acaso repito el texto.
    Uno, la musica que ofreces para descargar está bien, pero…yo no mezclaría generos.Dos, he cambiado la foto de tu blor y el enlace que la acompaña, de blog, a uno nuevo que he creado( http://ulpilex.es/veritas/). Gracias por tu trabajo.
    Peter Pank
    2 Marzo 2010 | 08:01 PM

  2. Pingback: Katie Paterson « Piezasdevideo

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