Japón

Con solo tres largometrajes, el director mexicano Carlos Reygadas ha aportado a la crítica y al estudio mucho más material de trabajo que otros cineastas en toda su carrera. Japón (2002) es su ópera prima, y es el tipo de largometraje que reclama la atención del espectador desde los primeros minutos. Entre los créditos iniciales, centenares, miles de coches transitando las vías de escape de la megalópolis mexicana, quizás con el eco de la famosa secuencia automovilística de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972). Desde el coche el paisaje se transforma lentamente hasta dar paso a un paraje semidesértico. El protagonista del film, un hombre maduro y lisiado, camina campo a través sin reparar en la partida de caza que le rodea, y un niño, incapaz de rematar a un pájaro agonizante, se lo acerca a nuestro hombre, que lo descabeza sin miramientos. Uno de los cazadores le pregunta para qué ha venido a aquel lugar: “a matarme”, responde el hombre.

Estos cinco o diez minutos escasos de metraje dan buen anticipo de lo que nos espera, y tienen la cualidad de prevenir a espectadores poco intrépidos. Se ha dicho que el tempo y el lirismo contenido de Japón, e incluso el conflicto de fondo, remiten al modo de hacer de Tarkovsky y a sus héroes desolados, lo cual probablemente es muy cierto, pero la textura áspera de las imágenes y su potencia revulsiva remiten a otro cineasta, muy en las antípodas del ruso. Me refiero al Buñuel de Tierra sin pan (1933) y sobre todo al de Los Olvidados (1950), dos películas que guardan más de un punto en común entre sí, al igual que lo guardan con el paisaje humano de Japón. El legado cinematográfico de la etapa mexicana de Buñuel no tuvo una repercusión inmediata entre los directores de cine de aquel país, y durante varias décadas ese legado permaneció aislado en el contexto de la industria cinematográfica mexicana. Sintomáticamente, Japón es una película realizada con exiguos recursos y al margen de la gran industria.

Nunca alcanzaremos a saber qué tipo de desolación vital conduce al protagonista de la película a los barrancos de ese rincón olvidado de México (¿es quizás el paisaje de su niñez?), pero lo crudo, lo palpitante y lo extremo son instancias de primer orden en Japón: es el gruñido negro y agónico de un cerdo durante una matanza lo que despierta al viajero tras su primera noche en el barranco. El hombre acudirá a la carnicería para tocar con sus propias manos las vísceras del animal, del mismo modo que, poco después, y tras un fallido intento de suicidio, nuestro hombre se abandona, tan feliz como desesperado, bajo la lluvia, junto al cadáver de un caballo destripado, dando lugar a una de las secuencias más memorables de la película. Es la imperiosa necesidad de palpar con sus propias manos la vida para dejar de descreerla, aunque ello implique la huida y el despojamiento.

Nuestro viajero no es, sin embargo, un hombre del todo común, sino un artista, un pintor abstracto o expresionista a juzgar por el único cuadro y el único libro (un libro de pintura) que aparecen en la película, porque entre las pocas pertenencias que le acompañan, hay, además de una pistola, un libro y un lienzo. Un último lienzo como una última bala. Cuando el pintor acomete la tela, la cámara de Reygadas nos acerca a la materia pastosa del cuadro del mismo modo que nos ha ido acercando a la sangre del cerdo, a los intestinos del caballo, al acento cerrado de los campesinos, o al polvo blanco e inmisericorde de las barranqueras. Cada vez que veo Japón pienso con insistencia que es un espectáculo que debe agradar enormemente a Miquel Barceló, porque Japón es, entre otras cosas, un filme extraordinariamente matérico, y no por la precisión de sus calidades fotográficas, que nos ofrecen a menudo imágenes de un grano grueso y abundantes planos desenfocados (y que, muy lejos de cualquier pictoricismo barato son, desde mi punto de vista, diegéticamente muy certeros), sino por la evocación sensorial y poética que alcanzan, aquí y allá, la lluvia, los muebles abandonados, los celajes dramáticos o la mirada desguarnecida de los animales.

En uno de los brevísimos fragmentos de sus Cuadernos de África, Miquel Barceló anota, sintético: “Lluvia, pollos, koño”, y quiere esto decir que el día en que el pintor anotó aquello fue un día de intensa lluvia, como solo llueve en el valle del país dogón y en los barrancos de la película Japón; que alguien se ofreció a matar unos pollos –vianda importante entre los dogones- para un almuerzo festivo, como el hombre de Reygadas degusta en silencio la comida y el café que la humilde mujer que le hospeda le ofrece; y que el día remató con tragos de koño, la bebida alcohólica tradicional dogona, como el hombre de Japón acude, perdido y frustrado ante su propia cobardía, a una destartalada pulquería buscando en el alcohol un embrutecimiento definitivo. Porque nuestro protagonista es un personaje cultivado: no solo pinta, sino que la música que escucha en sus auriculares es de una belleza pasmosa: Arvo Pärt, Shostakovich, J.S. Bach.

El viaje de este Hombre (así aparece mencionado en el reparto) es un itinerario de áscesis personal, pero también un ejercicio de depuración estética que retiene un tópico de la pintura contemporánea. Delacroix descendió hasta Marruecos para robar la luz. Paul Gauguin encontró en las Islas Marquesas la autenticidad que no hallaba en Francia, pero murió enfermo y miserable. Barceló dosificó sin problemas sus incursiones entre los dogones porque ya era un artista de éxito y un auténtico salvaje antes de viajar a África. El solitario hombre de Japón no busca un arte nuevo, no parece dispuesto a recomenzar nada, sino que busca, sencilla y desesperadamente, un final. Muy significativamente, el pintor regala ese último lienzo a un niño que se lo pide, desposeyendo a la actividad artística de toda cualidad trascendente, como dando cierre a una trayectoria artística que intuimos dilatada. Despojado ya de la capacidad de elaborar un producto artístico, el viajero se rinde definitivamente a la contemplación de lo que le rodea. Hizo su viaje para encontrarse con la muerte y sin embargo es otra cosa muy diferente lo que va a encontrar. El deseo. El sexo en su forma más inmediata. La vida. Y también la muerte, pero desde luego no la propia.

El coito entre el viajero y la anciana que le hospeda -como la cópula entre un caballo y una yegua que solo unos minutos antes Reygadas nos ofrece de un modo irreprochablemente hermoso- es de una humanidad y una sencillez absolutas. Para el viajero, la consumación del acto sexual se impone como una última rendición que orilla con el llanto, pero también como primera y auténtica redención ¿Es casual que la anciana que se ofrece hasta en el lecho responda al nombre de Ascensión?

El cine de Reygadas opone una considerable brutalidad a un sentido de lo trascendente que atraviesa de parte a parte no solo Japón, sino también sus otras dos producciones: Batalla en el cielo (2005) y Stellet Licht (2007). Si Reygadas recurre a cierta iconografía religiosa (la música sacra y los iconos cristológicos en Japón, pero también la dolorosa expiación del pecado en toda la secuencia final de Batalla en el cielo, y no digamos ya la ortodoxia religiosa que constriñe el amor adúltero del protagonista de Stellet Licht) esta no funciona sino como un detonante para trazar un apasionante y accidentado mapa de las pasiones humanas, del dolor y de la vida. En este sentido, Reygadas es, con toda la aspereza de una intensidad que a algunos repugnará, un humanista de primer orden.

Porque los niveles de emotividad que Reygadas maneja en su filmes -pero sobre todo el modo en que estos niveles se conducen- es completamente inusual, pero es algo que no se debe nunca al trabajo dramático de los actores (que en todas sus películas suelen ser personas sin experiencia actoral) sino a la maestría de Reygadas para lograr que la mera presencia de los personajes (sal ahí y di esto) llegue a resultar abrumadora en su fisicidad. A menudo, en Japón, pero también en sus películas posteriores, la trama argumental, prácticamente inexistente, se diluye en un tono pseudo-documental, y creo que el modo de hacer de Reygadas tiene sentido, porque lo que presta maestría a sus filmes es precisamente ese sobrecogedor equilibrio entre el azar de escenas poco o aparentemente mal calculadas que alternan con -o se transforman en- secuencias de una enorme precisión y ambición cinematográfica.

El cine de Reygadas tiene la cualidad diferencial de trabajar sobre un presupuesto que no esconde su deseo de trascendencia, a la par que de una irrenunciable inmanencia. Rilke, el poeta, sabía bien que lo sublime, como categoría estética, no se correspondía exactamente con lo bello, sino con un extremo de la belleza que podía lindar con lo insoportable. En un contexto como el nuestro donde la hipertecnificación de la vida y la inflación de motivaciones vitales excesivamente intelectualizadas o declaradamente consumistas conducen a una asepsia inoperativa, el cine de Reygadas, pero sobre todo Japón, actúa como una purga catártica y desintoxicante: la sangre, el sexo, la muerte, el viento, la deformidad corporal, la tormenta, la suciedad, la miseria, la injusticia, o la precariedad del cuerpo vencido por el tiempo. Estos son solo algunos de los pilares de un discurso tan hermoso como abierto sin reparos a la confrontación con el espectador.

Trailer de Japón

Reygadas habla sobre el sentido de su película y las circunstancias del rodaje en esta entrevista

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Una respuesta a Japón

  1. Rrose dijo:

    Estos fueron los comentarios del artículo en su antigua ubicación:

    u dijo
    leía y pensaba: mencionará el cuadro que regala?
    22 Marzo 2010 | 01:13 AM

    goulue dijo
    tiene muy buena pinta… si no fuese por tanto maltrato animal,
    supongo que a veces es necesario para explicar según qué cosas, para remitirnos a metáforas, símbolos…pero es doloroso
    eso me hace pensar en Haneke…
    23 Marzo 2010 | 04:45 PM

    ° Mirloniger ° dijo
    Me da mucho que se hable aquí esta película (en lo personal es de mis favoritas).
    Por otra parte y esperando no abusar del mismo me gustaría saber si alguien sabe el título (original de preferencia) de otra película que se exhibió hace tiempo en canal 22 de México, cuya trama era sobre un joven francés cuyo viaje era a través de Rumania, si mal no recuerdo, en busca de su padre. El no hablaba el idioma del país y solo llevaba con el un disco de acetato y su mochila. Se le tituló algo así como loco y pérdido, pero jamás la he hallado bajo ese nombre.
    Finalmente otra película que a mi me gustaría recomendar con digamos esa tematica es Dolls de Takeshi Kitano. http://www.youtube.com/watch?v=W-7eNtLia6o
    Gracias
    27 Marzo 2010 | 12:48 AM

    Ahui dijo
    Y su otra película “Luz Silenciosa” (Stellet Licht) es deliciosa. Reygadas no pone adornos, todo lo cuenta de forma simple y llana. Me encanta.
    29 Marzo 2010 | 12:00 PM

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