Lo que mis ojos han visto

Pierrot (anteriormente conocido como Gilles), Jean-Antoine Watteau, 1718-1719

A excepción de aquellos escasos cineastas que logran penetrar en la psique de ciertos pintores y desmenuzar su aportación al arte (estoy pensando en Goya de Carlos Saura, o en El loco del pelo rojo, de Minnelli, por poner dos ejemplos al azar y prácticamente antagónicos) la introducción de la pintura como elemento argumental en el cine suele discurrir casi siempre por itinerarios deleznables. Ce que mes yeux ont vu (2007), el largometraje de Laurent de Bartillat, gira en torno a la figura de Jean-Antoine Watteau (1684-1721), y conforme a la regla anterior, lo poco que nos cuenta sobre el pintor es solo argumentalmente justificable, pero a pesar de ello, la instrumentalización que Bartillat hace de la pintura guarda algún interés. Poco hace falta saber sobre el pintor para sobrellevar un filme que, como su titulo ya anticipa, no es sino un pequeño y no del todo desechable ensayo acerca del acto de mirar y ser mirado, al acto de ver, percibir, y leer imágenes.

Lo que llama la atención en primer lugar es que Bartillat ha prescindido de una parte importante de los lugares comunes en el género (pero no de todos ellos), y aunque apoyado sobre las inevitables premisas falsas, el guión logra mantenerse en los márgenes de lo históricamente plausible. Bartillat nos lleva de la mano de Lucie (Sylvie Testud), una joven historiadora del arte que pone a prueba el difícil equilibrio entre el rigor científico y la pasión o el romanticismo que a menudo acompaña al proceso de investigación humanística. Si el filme escoge el itinerario de lo psicológico y de lo íntimo no es a través del conducto habitual, es decir, el abordaje más o menos oblicuo de una mente creadora (la del artista), sino que se explora la pintura y sus imágenes como proyección personal de aquel que mira, del investigador y del espectador. Es aquí donde la película juega sus mejores bazas.

Si bien los elementos que pone en juego esta historia podrían haberse administrado mejor en términos puramente cinematográficos, no puede negarse que están jugados con cierto ingenio, porque en ellos se superponen las capas de significado. El empeño en esclarecer la posible relación frustrada de Watteau con una actriz de teatro de su tiempo toma tintes freudianos ya que no es sino una proyección del deseo de la investigadora por recuperar la memoria de su padre ya fallecido y de su propia madre, una actriz de teatro con la que mantiene una tensa relación. El asunto espejea a su vez en la extraña relación que la protagonista mantiene con Vincent (James Thierrée), un hombre sordomudo que se gana la vida haciendo de estatua en una plaza desde la cual él la observa obsesivamente. Pero también en esto último parece que Bartillat remite a un buen número de lienzos de Watteau, en los que las estatuas diseminadas por jardines se funden en las escenas como otro personaje más. Existe, de hecho, un lienzo bastante enigmático del maestro francés en el que una dama colocada de espaldas, parece observar una estatua situada en la orilla opuesta de un río o un estanque, lo que con bastante libertad se ha interpretado como metáfora de un amor imposible y melancólico, y cuyo motivo tiene reflejo en varias escenas del largometraje en las que Lucie observa, desde su lugar de trabajo, a su particular estatua viviente.

Les deux cousines, Jean-Antoine Watteau, ca.1716

Investigar, proyectar, observar. Pero también ser observado y estar expuesto. Y me refiero al término exposición en su sentido más violento, es decir, aquel rol que entre el orgullo y el pudor cumple el artista ante el público, por medio de un lienzo, o exponiéndose a sí mismo, como instrumento dramático, por medio de un papel asignado en una obra de teatro. En el caso de una pintura el grado de exposición puede no tener un límite conocido, como ocurre en ese lienzo encantador y profundamente patético de Watteau titulado Gilles (1718), que el mentor de Lucie (el veterano Jean-Pierre Marielle) proyecta sobre una pared para adiestrar la mirada de la investigadora, y que actúa simbólicamente como nudo gordiano del largometraje.

La aplicación del psicoanálisis a las obras de arte ha ofrecido pocos frutos relevantes a la ciencia histórico-artística, pero el legado de Freud y de Lacan, tan afecto al símbolo y a lo literario, se ha revelado como un terreno extremadamente fértil para el cine. Ce que mes yeux ont vu, sin prestar apariencia al género del cine psicoanalítico, aglutina muchos de sus ingredientes, haciéndolos girar aquí en torno una cierta idea de pulsión escópica: la de Watteau –como todo pintor- ante su modelo, la del enigmático amante sordomudo que obsesivamente reconstruye en su domicilio las vistas del lugar exacto desde el que a diario observa a Lucie, y la de ésta intentando desentrañar cada detalle y cada gesto fijado en los lienzos de Watteau. En el filme, la necesidad de ver o comprender más allá de lo evidente (pilar del psicoanálisis, pero también de casi toda hermeneútica) tiene su amplificación argumental en la aplicación de rayos X sobre los lienzos para sacar a la luz capas ocultas de pigmento -práctica habitual en determinadas labores de investigación y restauración, y que aquí se presenta como golpe de efecto final- pero también en la introducción en la historia del Bièvre, un afluente poco conocido del Sena cuyas aguas transcurren encauzadas bajo la ciudad de París, y en concreto bajo plaza que separa a ambos amantes, como en el lienzo de Watteau.

Como en Blow Up (Michelangelo Antonioni, 1966), o como en Peeping Tom (Michel Powell, 1960) -largometrajes de factura muy superior que Bartillat de algún modo cita o relee- me parece que en Ce que mes yeux ont vu resultan más interesantes los elementos puestos en juego que la conclusión que finalmente los baraja. Si el desenlace de Peeping Tom era poco menos que apoteósico y cinematográficamente redondo, y el de Blow Up carecía muy conscientemente de un punto de fuga unívoco, estoy convencido que el de esta película resta peso a uno de sus temas más interesantes e incómodos: la corta distancia entre la pasión, el rigor y la neurosis que atenazan a Lucie, y la dificultad vital -y común a cualquiera de nosotros- de repartir energías y expectativas entre lo inmediato (el trabajo, el alquiler: lo que siempre es necesario, pero raramente suficiente) y todo aquello que nos hace soñar, llámese Watteau, o llámese Cine.

Acerca de Rrose

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Una respuesta a Lo que mis ojos han visto

  1. Rrose dijo:

    Estos fueron los comentarios del artículo en su antigua ubicación:

    Estrella dijo
    Y también me fue dado conocer la tristeza de lo ángeles ciegos. Ellos son parte de una oscuridad ansiosa de luz, e, inevitablemente, cantan -como todos los ciegos- salmos vacíos de imágenes. Incapaces de alzar el vuelo, corren torpemente por la playa, y en las noches, buscan a tientas el brillo de las estrellas de mar.
    3 Diciembre 2009 | 01:54 PM

    rrose dijo
    …no recuerdo el libro pero, es de Rafael Pérez Estrada ¿verdad?
    Gracias Estrella. Qué haríamos sin las playas imaginadas por Rafael.
    Yo llevo varios días acordándome de las partidas de tenis de sus obispos, jeje
    ;)
    3 Diciembre 2009 | 02:06 PM

    Estrella dijo
    Esta cita es de su libro Cosmología esencial publicada por DVD EDICIONES, S.L., del 2000. Un recopilatorio donde la poesía se come a la crítica ;)
    PD: Yo es que tengo debilidad por la poesía
    Saludos.
    4 Diciembre 2009 | 11:24 AM

    marijo dijo
    no sé qué ven los ojos de gilles. ¿tú qué dirías? tampoco sé lo que dicen, si es que dicen algo, pero a mí me dicen una cosa: que todo lo demás es impostura, o mejor dicho, postura, jaja.
    muy bonito el post, as usual. me gustaría ver la peli, lo intentaré.
    11 Diciembre 2009 | 08:30 PM

    rrose dijo
    Hola Marijo,
    yo tampoco sé lo que dicen esos ojos y esa expresión, pero le doy una lectura parecida la tuya.
    Un pierrot plantado como un pasmarote, casi como un idiota o como un tarado. Me recuerda un poco a los bufones que pintó Velázquez, sobre todo este:
    http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-
    Detrás del bufón hay una inteligencia y un alma. El Gilles de Watteau, a pesar de la ropa, está desnudo, expuesto, rendido. Es como de una indolencia superlativa. Y sin embargo -contradicción entre las contradicciones- al fondo de los labios ese asomo de sonrisa o de burla. Es como una afrenta, y es ligeramente intolerable: un bufón no “debería” poseer esa monumentalidad y esa indolencia tan altiva. Pero ahí está.
    Y para rematar, el ojo de ese asno en el que nunca había reparado del todo hasta que ví esta película. Es muy inquietante y, particularmente, me magnetiza. Lo miro a menudo. Y esa necesidad de volver y volver a un cuadro, de que no se agote nunca, es lo que hace que un cuadro sea un auténtica obra maestra.
    La peli no es una obra maestra, te aviso, pero se deja ver muy bien. Y atención a James Thierré. La semana que viene ampliamos material por esa rama…
    Saludos ;)
    11 Diciembre 2009 | 09:02 PM

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