Querido Kurt

Pionero, junto a Max Ernst y Hans Arp, del arte del collage, precursor del Pop Art, del Fluxus, del Arte Sonoro, del Happening, del Arte Conceptual, y sobre todo creador de un nuevo tipo de obra que libremente denominó Merz, Kurt Schwitters (1887-1948) fue en su juventud, sin embargo, un inseguro y anodino estudiante de Bellas Artes que tardaría mucho en encontrar su propio estilo. El agente provocador que encauzó su talento fue sin lugar a dudas el contacto con el grupo dadaísta berlinés, un abigarrado y dispar conjunto de degenerados geniales entre los que se encontraban el mismo Arp, Raoul Hausmann, y Hanna Höch. Se convirtió así en escultor, tipógrafo, collagista, pintor, compositor musical, o agente publicitario, influenciado y en contacto con algunos de los mayores artistas del siglo XX: Mondrian, El Lissitzky, Van Doesburg, Tristan Tzara… Pocos recuerdan que Schwitters fue además un ciudadano oficialmente perseguido por el ejército nazi, y un fugitivo profesional que terminó sus días en Ambleside, un pueblecito de la campiña británica, donde, lejos de todo reconocimiento, nunca dejó de pintar paisajes y retratos y recomenzar una y otra vez su eterno Merz.

The cherry picture, Kurt Schwitters, 1921

A diferencia del signo hipotéticamente destructivo del dadaísmo, el de Schwitters es positivo y constructivo: Si el mundo es una mierda, hagamos de la mierda un mundo, dijo el artista, y se aplicó a este objetivo como si le fuera la vida en ello. Un poco más acá del rigor cubista o neoplasticista, los collages de Schwitters, sin llegar a constituir un diario personal, son el lugar donde el artista aglutinaba fragmentos de su entorno: de la prensa, de las obras de sus amigos, de los objetos de deshecho de su propio hogar; desde piezas de aparatos hasta envoltorios de regalo y billetes de autobús. En sus merz-collages cristalizaba una visión fragmentaria de la realidad, reordenada según su criterio, y dando naturaleza artística a todo aquello que en un principio podría haberse vendido a un trapero. Durante el periodo de entreguerras los estados se enzarzaban en políticas demenciales, de entre las cuales el nazismo era tan solo la expresión más delirante, y el Dadaísmo pretendía, higiénica e incendiariamente, detonar todas las categorías establecidas. Para Schwitters el arte y la vida eran lo mismo, y hasta lo infraordinario podía (debía) ser objeto de tratamiento artístico.

Das Bäumerbild, Kurt Schwitters, 1920

Fue este mismo principio el que aplicó a una de sus facetas más interesantes y menos conocidas: la poesía sonora. Partiendo de los experimentos rapsódicos de los futuristas, Schwitters jugueteó con la fonética y el balbuceo absurdo para dar lugar a varias piezas imprescindibles y que durante años mantuvo en constante progresión como su Ursonate (o Sonate in Urlauten). Si Hitler había inundado los aparatos de radio de medio mundo con sus ladridos de perturbado, Schwitters reivindicaba una expresión vocal rendida a la absoluta libertad del ritmo, ajena a toda servidumbre narrativa o conceptual, igual que ocurría en un buen cuadro abstracto. Por ello, el efecto de sus piezas es tan paradójico como inevitablemente divertido, y hallaba materialización tanto en sus complejas construcciones tipográficas (alternativa de las partituras pentagramáticas tradicionales) como en imprevisibles recitales.

Escuchar un fragmento de la Sonate in Urlauten, de Schwitters

Schwitters durante una interpretación de su Ursonate, Ernst Schwitters, 1944

Su Scherzo-tos o La tos total (1937), por ejemplo, estaba construido a base de diferentes estilos y ritmos de toses. ¿Qué son las toses sino el desecho que nunca falta en cualquier concierto de música? Las composiciones de Schwitters, que han llegado a nosotros en unas pocas grabaciones originales, constituyen un eslabón fundamental entre el espectáculo ruidístico y tribal de las primeras veladas dadaístas (míticas noches del Cabaret Voltaire) y los posteriores experimentos de la música visible Fluxus, el collage sonoro, y los extremos experimentales de la música vocal contemporánea.

Sin título (D´Cilly), Kurt Schwitters, 1942

Pero el compromiso vital de Schwitters con su ideario estético se percibe ante todo en su gran obra: el Merzbau. Hacia 1923 el artista comenzó a integrar sus collages con las paredes de su vivienda en Hannover, convirtiéndola poco a poco toda ella en un gran ensamblaje, o lo que algunas décadas después se pasaría a denominar “ambiente” o “instalación”. Articulado en torno a una zona o eje original que el artista tituló Catedral de la Miseria Erótica, el Merzbau fue creciendo e incorporando materiales de todo tipo, hasta invadir varias habitaciones. Sin embargo, a lo largo de los años treinta, y sobre todo a partir de 1935, la situación política se vuelve insostenible en Alemania. Schwitters es incluido entre los artistas de la Entartete Kunst o Exposición de Arte Degenerado con la que el partido nazi pretendía someter a escarnio a todos los indeseables del arte moderno alemán que, como Schwitters, habían clamado por la libertad del espíritu. Algunos de sus amigos ya habían sido arrestados cuando el 2 de enero de 1937 el artista del Merz recibe una citación con la Gestapo. Schwitters toma inmediatamente un vuelo a Oslo junto a su hijo, dejando a su mujer Helma al cargo de sus propiedades (Helma moriría en 1944 de un cáncer en condiciones que solo podemos imaginar). La Merzbau quedaría totalmente destruida bajo los bombardeos en 1943, y de ella solo se conservan fotografías parciales.

Merzbau de Hannover, Kurt Schwitters, 1923-1937

Instalado en Lysaker (en las cercanías de Oslo), pero lejos de su obra, y sin esperanza de poder continuarla, Schwitters cae en una depresión que le lleva a un intento de suicidio. Le salvará de esta situación el empeño de su hijo Ernst al convencerle de que debe reconstruir allí mismo su gran obra, y Schwitters se pone a ello comenzando un segundo Merzbau. Pero en 1940 el ejército alemán invade Noruega, y Schwitters huye de nuevo hacia el norte, esta vez a las Islas Lofoten (dentro del Círculo Polar Ártico), donde queda retenido por las autoridades noruegas y británicas, hasta que logra embarcar en un rompehielos que le lleva a Escocia. Allí desembarca “con su hijo y su nuera, dos ratones blancos, y una pequeña escultura en madera de abedul que había tallado durante el viaje”. Como ciudadano enemigo alemán, Schwitters es recluido en varios campos de internamiento: primero en los alrededores de Edimburgo, luego en York, después en Bury (cerca de Manchester), y finalmente en el Hutchinson Camp de la Isla de Man, donde permanece un año y medio. Durante su reclusión, Schwitters es un internado más, pero logra disponer un pequeño estudio y realiza retratos de sus compañeros de barracón, que raramente quedan satisfechos con los trazos gruesos y duros de nuestro amigo.

Retrato de Alfred Sohn-Rethel, Kurt Schwitters, 1941

Bajo la intermediación de algunos conocidos, Schwitters es liberado a finales de 1941. Se instala en la ciudad de Londres -aún humeante por los bombardeos– hasta 1945, y finalmente se traslada a una pequeña población de Lake District llamada Ambleside. Allí reside junto a Edith Thomas, una nueva compañera sentimental, y se dedica, entre la incomprensión de sus vecinos, a retomar sus ensamblajes, esta vez escogiendo materiales algo más orgánicos (cantos rodados, cuerdas, trozos de vajilla). El artista que había recorrido Europa agitando los principales movimientos de vanguardia era ahora tan solo un refugiado alemán. Hannover y Berlín quedaban muy lejos, y en el modesto Ambleside Schwitters no era únicamente un extranjero, sino un artista visionario instalado en el estrato más conservador de la sociedad británica.

Solían verlo deambulando por los alrededores, vestido con un eterno abrigo y una boina, maleta en mano. Un personaje distante, muy alto, encorvado, con unos pies enormes. Su compañera, una bonita chica inglesa con la mitad de años que él, solía atraer mayor atención. Él la llamaba Wantee [por su costumbre de ofrecer té continuamente a todo el mundo] y a cambio ella lo apodó Jumbo, lo que a ojos de todo el mundo encajaba a la perfección con él.

Feaver, William. Alien at Ambleside. En The Sunday Times Magazine, 1978.

For Kate, Kurt Schwitters, 1947

Excepto Wantee y un reducido círculo de amigos, ninguno de los lugareños entendió o se percató de que Schwitters había comenzado en 1947 un tercer Merz, ahora titulado Merz-Barn, bajo la comisión del MOMA de Nueva York. “Hacemos bien en seguir jugando antes de que la muerte se acuerde de nosotros. Ya no me queda tanto tiempo”. Pero apenas tuvo tiempo de esbozar y comenzar su nuevo proyecto: el artista moriría después de innumerables recaídas en su estado de salud el 8 de enero de 1948. En una carta escrita en la Isla de Man y dirigida a su esposa Helma en abril de 1941, Schwitters había escrito:

Soy el último artista que queda aquí. El resto han sido liberados. Pero da exactamente igual. Si me quedo aquí, tengo el privilegio de habitarme sin más. Si me liberan, disfrutaré de la libertad. Si consigo volar a los Estados Unidos, entonces me encontraré allí. Uno lleva consigo su propia felicidad donde quiera que vaya.

Carnival, Kurt Schwitters, 1947

Kurt Schwitters en la Wikipedia

Alien at Ambleside

Kurt Schwitters explica su Ursonate

Un movimiento de la Ursonate interpretada por Eberhard Blum

Acerca de Rrose

https://maquinariadelanube.wordpress.com/595/
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Una respuesta a Querido Kurt

  1. Rrose dijo:

    Estos fueron los comentarios del artículo en su antigua ubicación:

    noiserfan dijo
    Cada vez que visito tu casa me encuentro con nuevas referencias para apuntar. No me canso de recomendar la Maquinaria. Saludos
    26 Octubre 2009 | 05:21 PM

    arati dijo
    La maquinaria enseña, la maquinaria entretiene.
    Grandioso post.
    (reverencia)
    26 Octubre 2009 | 07:57 PM

    Rr dijo
    Muchas gracias a ambos.
    Como decía Rebeca Yanke el otro día: os mando “rêve-rencias” de vuelta.
    ;)
    26 Octubre 2009 | 08:18 PM

    ericu dijo
    leí en un viejo libro sobre dada,
    alegremente lleno de faltas de ortografía y erratas,
    que cuando presentaron a Breton y a Schwitters
    al 1º no le agrado nada el 2º
    entre otras cosas, porque…
    olía muy mal!
    26 Octubre 2009 | 08:48 PM

    rrose dijo
    Como se habrá imaginado, querido Ericu, André Bretón nunca me ha caído demasiado bien, y después de conocer la anécdota me reafirmo aun más.
    De todos modos, siempre me he sentido particularmente sensible con la cuestión del olor corporal. Así que ¡Viva la hediondez artística! ¡Abajo la corrección odoríficopolítica!
    Saludos ;)
    29 Octubre 2009 | 03:42 PM

    ericu dijo
    viva grande schwitters y su lemA: Hagamos de la mierda un mundo!
    eso sí que es alta alquimia
    (pionero de la cultura basura?)
    a mí tampoco nunca me cayó bien breton y su vena fascistoide y sus censuras y destierros
    como cuando le molestó que hubiera Caca en aquel cuadro de dalí
    o que pierre molinier fabricara elegantes consoladores
    la poesía de breton y su romanticismo sí me caen muy bien
    29 Octubre 2009 | 06:05 PM

    Ang Icaboh dijo
    Hace tiempo llegué hasta la maquinaria de la nube a partir del artículo sobre las maletas de Rrose. No hacía mucho tiempo había adquirido la película de Greenaway por lo cual, me pareció una grata coincidencia. Además de reafirmar como el azar se encarga de llevar a cabo esos primeros encuentros.
    Ahora quiero dejarte esta página.
    Quizá te interese su frágil existencia.
    http://www.objet-fantome.blogspot.com
    saludos
    Ang
    31 Octubre 2009 | 01:27 AM

    Rr dijo
    Imponderable aza(har), estimada Ang.
    Muchas gracias por dejar aquí la pista de tus ciervos y tus pájaros ;)
    31 Octubre 2009 | 12:00 PM

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