El hipopótamo

Había encontrado (gangas del azar) al hipopótamo en la calle. Llovía desordenadamente y a la niña debió gustarle el brillo acharolado de aquel cachorro que era como una formidable cómoda holandesa, y con carantoñas y mimos, usando de señuelo el ramillete de flores que llevaba en la solapa, logró persuadir al perezoso e inmenso paquidermo para que la siguiera; y no sin alguna dificultad lo subió a la casa. Los abuelos, acostumbrados al mal carácter y capricho de la niña, nada dijeron de tan particular invitado (aquella noche, con ánimo conciliador, leerían en un diccionario zoológico todo lo referente a este mamífero, no sin cierto recato ante la palabra mamífero), y, con cuidado, apartaron los viejos muebles de la sala y le hicieron sitio (casi todo el espacio que ocupa en extensión la palabra sitio). Durante muchos años lo tuvieron oculto tal si se tratara de un prófugo en tiempo de guerra (en verdad sentían vergüenza de que los vecinos pudieran descubrir la relación del hipopótamo y su nieta, que no llegaban a aceptar del todo). Así, niña y animal fueron creciendo, haciéndose adultos secretamente. Solo de noche, el ruido del ascensor, incansable en la tarea de subir brazadas de hierba y tréboles, hacía sospechar a algunos vecinos que en aquella casa algo raro sucedía. Agotados por una convivencia tan ardua, murieron los abuelos, y la niña no tuvo ya ni freno ni pudor para insinuarse al hermoso hipopótamo, que era, al parecer, indiferente a sus encantos; y eso que nuestra intrépida protagonista había conseguido ser una gruesa y sana muchacha de la que apenas se podía deducir su antiguo aspecto humano. Y todo esfuerzo fue baldío, pues, fiel a su especie, el animal soñaba con una idealizada hembra de hipopótamo; en tanto que ella, adulta y solterona, exacerbada en su pasión aún más al ser rechazada, suspiraba mirando aquella inmensa mole suspirar.

Rafael Pérez Estrada. El muchacho amarillo. Barcelona: Plaza y Janés, 2000. pp. 57-58.

(En la fotografía pueden ver a Obaysch, el primer hipopótamo del Zoo de Londres en Regent´s Park, fotografíado por el Conde de Montizón en 1852)

Acerca de Rrose

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Una respuesta a El hipopótamo

  1. Rrose dijo:

    Estos fueron los comentarios del artículo en su antigua ubicación:

    Mirloniger dijo
    Ya lo decía Sor Juana: “constante adoro a quien mi amor maltrata…”
    Me gustó el cuento. Me deja una sensación parecida a la de cuando leí el cumpleaños de la infanta de Wilde. Será por aquello del desamor….
    Gracias
    25 Enero 2009 | 11:20 PM

    juan del rio dijo
    …me encanto.
    ese misterio de las relaciones amorosas ….ya instalado.Desde que Dios interpuso a la serpiente entre la mujer y el hombre.
    Obvio que los teareros sacamos buen provecho de toda esta imagineria.
    como siempre rosse tu espacio sigue siendo mi curiocidad preferida.
    excelente
    juan
    26 Enero 2009 | 02:05 PM

    mimaia dijo
    Qué buena es esta historia.
    Me ha recordado a “Otesanek” de Jan Savankmayer.
    Te sigo y te leo, maquinista.
    Gracias por estos regalos.
    1 Febrero 2009 | 03:32 PM

    Rr dijo
    De nada, el mérito es de Rafael, pero creo que he visto menos Svankmajer del que quizás debería. Tomo nota de Otesanek ;)
    1 Febrero 2009 | 05:02 PM

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