El extraño caso de Raymond Roussel y los peces solubles (con algunas notas sobre el espiritismo y el canibalismo)

No era un único fantasma el que recorría Europa a finales del siglo XIX. La fiebre del espiritismo hizo estragos entre la burguesía victoriana, y un fenómeno mediúmnico denominado mesas voladoras hacía las terroríficas delicias de las clases adineradas. Subyacía en esta moda una evidente necesidad de evasión a la que el orientalismo ya no podía dar cabida, porque si este ofrecía la seducción de lo geográfica y culturalmente ignoto, el espiritismo en cambio brindaba la subversión completa no solo del espacio, sino del tiempo e incluso de la materia. No es casual que, algunas décadas después, los miembros del grupo surrealista, ocupados siempre en la tarea del misterio, se aproximaran al esoterismo y al espiritismo: bien que les hubiera gustado convocar en sus reuniones el ectoplasma tiznado y quirúrgico de Lautréamont, el ectoplasma desorbitado de Jarry, el ectoplasma de linterna mágica de Rimbaud y el vago ectoplasma de opio y jade de Baudelaire. Breton trató denodadamente de postular el Surrealismo, no como escuela de nuevo cuño, sino como vieja corriente subterránea que una cuidadosa labor de arqueología habría de sacar definitivamente -casi mesiánicamente- a la luz de su tiempo.

Séance de réve éveillé, Man Ray, c. 1924

De algún modo el Surrealismo es ya en nuestros días un cadaver exquisito, pero la musculatura -de carne, de madera negra y de cuarzo- que lo constituye conserva buena parte de su humedad, y fermenta y germina y aún produce fumarolas. Digo esto porque Poisson Soluble, célebre título de André Breton reencarnado en un modesto y exquisito fanzine cuya publicación debemos al empeño conjunto del poeta visual Pierre d. la y el diseñador gráfico Victor Montalbán, se ofrece siempre como herramienta de invocación y no de evocación. El homenaje que cada una de sus entregas rinde a algún protagonista de las viejas vanguardias es siempre ejercicio de recreación, de recomposición y de polifacética vivificación, como un intrincado sólido geométrico. Solo conozco tres números del pasquín. El primero que recibí estaba dedicado a Jacques Vaché y me llegó, no en el interior de una carta, sino en forma de carta; el segundo, dedicado a Meret Oppenheim, lo hizo en forma de zapato; y me anticipan que el próximo, centrado en la figura de Raymond Roussel, tendrá una forma “circular-toroidal: como la cartografía antigua, como las brújulas, las coordenadas polares, o los astrolabios”.

Sin título, Daniel Hernando, 2012

Invocar el fantasma de Roussel es complicado. En primer lugar porque, como su gran admirador, Marcel Duchamp, nunca fue propiamente un surrealista, y pertenece más bien a toda esa caterva de raros e inclasificables imprescindibles a los que Breton trató, muchas veces en vano, de magnetizar, cortejar y hacer suyos. En segundo lugar porque el signo de Roussel es el del método y la precisión, de modo que ¿Qué instrumental sería el adecuado para atraerle? ¿Echaremos mano de las invenciones de Martial Canterel o las de Nikola Tesla? ¿Qué clase de mensaje obtuso nos enviaría si utilizásemos la ouija común, sabiendo, como sabemos, que sus narraciones no son sino la laboriosa cristalización de una fase previa en la que el lenguaje se vuelve soluble y se deshace en inextricables ecuaciones?. La escritura de Roussel, que tanto debe a la de Verne, no fue la de un marinero frustrado (porque a diferencia de aquel, Roussel viajó a placer alrededor del mundo) sino la del científico o el alquimista aislado entre alambiques y retortas tratando de fabricar la luz sometiendo el lenguaje a elaboradísimas recetas de cocción, presión y destilación. Roussel perteneció a su escritura, y no a la inversa. Por eso su signo es también, siempre, intensa y depresivamente, el de la soledad y el de la locura. Y por eso Roussel, a pesar de su bigotito, su reloj de oro, su chaleco veneciano, su canotier y su ejército de criados, fue un fantasma y un espiritu errante ya en vida. A Roussel debería invocársele microscópicamente, en tubo de ensayo, o mejor aún, con un vaso colocado boca abajo sobre un enorme atlas imposible donde los continentes se entremezclaran y los nombre de las cordilleras y de los lagos solo pudieran evocar un estado mental diferente para cada asistente.

De hecho, creo firmemente que no hay invocación respetable que no lleve aparejada la traición. Se invoca bien cuando se asesina por la espalda y se fagocita el cadáver y comienza la digestión y el concierto de eructos. La asimilación de un cuerpo traspasado por los barbitúricos solo podría producir delirios, y en el número 7 de Poisson Soluble, sobre la mesa voladora del Poisson Soluble nº 7, concurren, con los ojos entornados y las manos enlazadas, los delirios de Julieta Lahoz, Sergi Bellver, Clemente Calvo, Alejandra Acosta, Daniel Hernando, Alfonso Brezmes, Grassa Toro, Daniel Rabanaque, e incluso de un servidor, pero créanme, nada comparado con la sorpresa que me ha deparado la pieza creada por Carla Nicolás (Zaragoza, 1981): no dejen de (h)ojear sus libros de artista.

Diciembre en un tubo de ensayo; Machine à lire, Carla Nicolás, 2011 y 2012

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Este último número del Poisson se presentó el pasado viernes 16 en El Pequeño Teatro de los Libros, y contó con una actuación del músico experimental Truna

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Siguiendo una larga tradición surrealista, la librería Libros al Rescate dedica su escaparate a Raymond Roussel y el Poisson Soluble

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Blog de Poisson Soluble

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