Doscientas y… postalicas a Federico

La postalica de Antoni Tàpies, 1998

En 1998 se cumplió el primer centenario del nacimiento de Federico García Lorca (1898-1936) y fue la fecha escogida para celebrar y recuperar una figura que sin embargo nunca había llegado a estar tan desdibujada como la de otros poetas o artistas mucho menos populares. Como en todos los aniversarios culturales, se produjo una auténtica avalancha de eventos, pero en el caso del poeta granadino la ocasión se prestaba a lecturas particularmente complejas y que anticipaban algunas de las reivindicaciones más importantes de la sociedad española de unos años más tarde: por un lado la incipiente normalización del colectivo homosexual, y por otro la necesidad, también latente entonces, de reabrir el espinoso expediente de los crímenes cometidos durante la Guerra Civil. Ambas cuestiones se acoplaban como un guante a Lorca, pero si la obra de Federico se había revelado desde el primer momento como un arma muy potente de subversión artística y social, lo cierto es que la avalancha de eventos y el oportunismo de muchos de ellos resultó muy a menudo contraproducente. Siempre me acuerdo de que el dúo cómico Las Veneno creó entonces un pequeño espectáculo titulado Tú no tienes la culpa, Federico. Aquel título medía bien la temperatura de la fiebre lorquiana del momento.

La postal intervenida por el escultor Ernest Altés, 1998

En la primavera de 1998 compré un libro que, entonces, y también posteriormente, sería fundamental para mí: el Viaje a la Luna de Lorca, en aquella deliciosa edición de la Editorial Pre-textos. Unos meses más tarde devoré la monumental biografía del poeta escrita por Ian Gibson. Y algo parecido me ocurriría uno o dos años más tarde cuando recaló en mi ciudad una exposición itinerante con un título extraño: Ciento y… postalicas a Federico García Lorca (1898-1998). Aquella muestra era el resultado de un experimento singular: la idea partía del envío masivo a un conjunto de artistas españoles de una postal en la que invariablemente se reproducía el mismo retrato fotográfico de Lorca, con el objeto de que la imagen fuera libremente intervenida por cada uno de aquellos artistas y reenviadas al organizador del proyecto como si se tratara de una postal dirigida al poeta. La Sociedad Estatal de Correos y Telégrafos de España se unió al proyecto emitiendo un sello que reproducía a su vez otro famoso retrato fotográfico de Federico y un matasellos inspirado en un dibujo de Lorca: el Arlequín ahogado. Las obras obtenidas, más de doscientas cincuenta, se exponían en unos marcos giratorios que permitían al visitante ver y leer las dos caras de cada postal. Me recuerdo totalmente fascinado observando todas y cada una de aquellas postales. En aquella exposición yo encontré el germen de muchas de las cosas que aún hoy me siguen interesando y preocupando en el terreno del arte.

Postalica de Juan Carlos Mestre, 1998

¿Que a qué me refiero? En primer lugar a la posibilidad de emprender una tarea artística tomando como punto de partida un material preexistente (un retrato fotográfico en este caso), pero obedeciendo siempre a la premisa de establecer un tema y emprender luego sus variaciones. Lejos de ser un recurso más, esta cuestión me ha parecido siempre de una riqueza simbólica enorme, porque ya sea musical o plásticamente, el tema y la variación ponen de relieve la relación indisoluble entre creación y azar, entre creación y libertad. Sólo aquello que puede comenzarse, finalizarse y recomenzarse de nuevo y siempre de un modo diferente merece alcanzar el estatus del arte. Siento predilección por los artistas que, partiendo cada vez de un mismo problema, logran alcanzar metas diferentes en la resolución. Tanto más cuando aquí se trataba del modo en que varios centenares de artistas proyectaban su visión personal acerca de una única imagen, dando lugar a un conjunto extremadamente abierto de posibilidades. “Estaba harto del minimalismo y de su idea de tomar iconos sociales y quitarles, a base de repeticiones, su significado. Quería darle la vuelta y dotar a la imagen de muchas personalidades», dijo en alguna ocasión el comisario de la exposición. Si la obra de un poeta o de un artista recomienza cada vez que alguno de nosotros nos acercamos a ella, ¿qué maravilloso conjunto de obras no habría de producir aquel encargo mediante el cual cada artista podía devolver sobre aquella imagen -como quien devolviera una deuda contraída- su propia visión del universo lorquiano fundiéndola con su manera personal de acometer la creación artística?

Anverso y reverso de la postal firmada por Joan Brossa, 1998

La nómina de artistas incluidos en aquella exposición era mareante, y no solo por su número. Allí estaban Ouka Leele, Eduardo Chillida, Luis Feito, Rafael Canogar, Isabel Muñoz, Juan Genovés, Perejaume, Antoni Tàpies, Luis Gordillo… y entre aquellas postales estaba también una de las últimas creaciones de Joan Brossa, fallecido el 30 de diciembre de 1998. Era como si Lorca hubiera servido al propósito de cartografiar el arte español contemporáneo. Recuerdo claramente la fascinación que me produjo la pieza de Ana Soler (de su postalica brotaban unos hilos negros que caían como siniestros cabellos), la diminuta mariposa que Chema Madoz había fijado sobre la pajarita de Federico con un alfiler (¿alusión, quizás, a varios versos de la Oda a Walt Whitman?), la brutal faja de hierro con la que el escultor Ernest Altés había aprisionado la fotografía, la aproximación al cubismo sintético de Pedro Castrortega, la versión martirial de Guillermo Pérez Villalta añadiendo al retrato un nimbo y una palma doradas; el conjunto era un apasionante muestrario de estilos y de técnicas. Algunos artistas se limitaban a introducir pequeñas adiciones a la imagen: muchos acudieron a modificar las manos, otros el rostro (Joan Brossa colocó uno de sus típicos antifaces sobre el rostro de uno de los dramaturgos más importantes de la literatura española, y Enrique Vara se limitó a imaginar una sonrisa imposible y genial en la boca del poeta). Otros prescindieron del material propuesto creando una imagen totalmente nueva, como Andrés Monteagudo y su Poema blanco de 54 versos para Lorca.

Postalicas de Chema Madoz (izquierda) y Enrique Vara (derecha), ambas de 1998
Postalicas de Andrés Monteagudo (izquierda), 1998, y Rafael Alemañ (derecha), 2011

Lo que encontré en aquella exposición fue también un estrecho maridaje entre el arte y la literatura, un tipo de relación creativa a la que dedicaría después muchas reflexiones y que me sigue preocupando aún hoy (aunque no hay comparación posible, en aquellos Federicos estaba sin duda el origen no consciente de mis torpes Góngoras y de los Ramones que he ido publicando desde hace años en este blog). Aquellas postales proclamaban que la literatura es un potentísimo semillero para la creación artística, y que las fricciones entre ambos campos constituyen un territorio apasionante para el análisis. Porque entre las visiones homicidas del poeta y el Lorca-Santo estaba también el poeta cautivo propuesto por Nazario y que recogía bajo su particular estética aquel otro San Sebastián acerca del cual habían discutido en sus cartas Lorca y Salvador Dalí, el poeta-dibujante de Granada y el pintor-escritor de Figueres, relación de límites todavía borrosos (pero sin duda tremendamente fructíferos) a la que aluden muchas de estas postales, colocando al poeta los bigotes o la barretina del catalán. Lorca: máscara y disfraz, arlequín y teatro, acicate e icono sometido a un fabuloso escarnio visual.

Postalica de Elizabeth Aro, 1998

Pero pasó el tiempo, y ahora no hace más de un año que, casualmente, contacté -cosas de las redes sociales- con Agustín de Julián Herráiz, poeta y comisario de Ciento y… postalicas. Creo que a Agustín le gustó saber que de algún modo aquella exposición seguía viva en la memoria de los que tuvimos el placer de visitarla. Él mismo me explicó que lo más hermoso del proyecto había sido precisamente el aspecto colaborativo, la idea de que era posible sumar una enorme variedad de aportaciones desinteresadas, la sorpresa que se renovaba al recibir cada una de aquellas obras, los desencuentros con los escasos artistas que llegaron a pedir dinero por su participación o aquellos que la desestimaron por parecerles poco relevante, y los acuerdos felices con la mayor parte de ellos. Ciento y…postalicas fue un proyecto singular se mire por donde se mire, porque si ya es raro que un artista no consagrado se arriesgue a concurrir a un certamen plástico con una obra que no sea de gran formato, estos Federicos demuestran que la calidad puede estar por encima de la cantidad, que el pequeño formato puede ser un medio artístico de altura, y que la serialidad, así entendida, no tenía por qué conducir necesariamente al aburrimiento.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: postalicas de Eduardo Chillida (1998), Joaquín Capa (1998), Gloria García Lorca (1998) y Luis Vasal´lo (2011)

En el libro Para acabar con los números redondos (1997), Enrique Vila-Matas ponía en duda la idoneidad de las cifras redondas que usualmente se manejan en estos aniversarios literarios, y proponía, por contra, la conveniencia de celebrar el 99 aniversario del nacimiento de Artaud o el 422 de John Donne. Después de haber girado -como se decía antes de las grandes estrellas de las varietés- por toda España y parte del extranjero, ahora los doscientos y pico Federicos vuelven a exponerse, y si esto obedece a la reivindicación de Vila-Matas (en este 2011 se cumplen 113 años del nacimiento de Lorca), a la necesidad de reactivar proyectos artísticos consolidados y que conlleven el menor gasto posible, o al más puro azar es algo que ignoro. Lo importante es que estas joyas -lujosa bisutería de cartón y acuarela- han escapado del almacén donde estuvieron guardados y pueden ahora volver a contemplarse, con el aliciente de que la primera vez que se expusieron el total de postales ascendía únicamente a 254, y ahora suman 289. ¿Multiplicación espontánea? ¿Milagro lorquiano de panes de peces?  Sí, exactamente eso y no otra cosa: el espíritu abierto del proyecto se ha mantenido intacto hasta hoy, de tal modo que aquellos artistas que, al conocer la muestra allí por donde pasaba, quisieron sumarse a ella, pudieron hacerlo bajo la supervisión y el criterio del comisario. La amistad parece haber sido desde el inicio el motor de estas postales, y en esta última alineación se han sumado artistas como Paula Fraile, Rafael Alemañ, Luis Vasal´lo, Manuel Pérez Mínguez, David Trullo, o la escultora Susana Botana. Yo esta vez no podré acudir a recordar viejas postales y a conocer otras nuevas, pero si usted lee esto y puede acercarse a verlas, no deje de hacerlo. Se lo agradecerán la Primavera (se cumple ahora un año de su última visita) y Federico, que no tiene la culpa de nada y tiene la bendita culpa de todo.

La postalica de Paula Fraile Robledo, 2011

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Ciento y… postalicas a Federico García Lorca 1898-1998 /1998-2011 se expone del 24 de marzo al 11 de mayo de 2011 en el Palacio de Comunicaciones. Oficina Principal de Correos. Paseo del Prado, 1. Madrid. L-V: 8:30 a 21:30. S: 8:30 a 14:00

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Acerca de Rrose

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9 respuestas a Doscientas y… postalicas a Federico

  1. me gustan las postales intervenidas. pero más, si son “postalicas”…

  2. Susa Martin dijo:

    Postaloicas es más lorquiano aún. Magnífico Rrose, mis felicidades¡

  3. Bonitas postales. Lo q puede dar de sí una misma foto, la verdad q las distintas versiones son muy originales me gusta:)

  4. Selenita dijo:

    Variaciones de Federico en Rrose mayor. Saludos.

  5. Rrose dijo:

    Jeje, gracias a todos. La verdad es que ha sido un placer escribir esta entrada. Hace años que quería hacerlo y esta vez todo se ha alineado a favor y sin excusa posible. Creedme, me he sacado una espinita con esto. No sabéis lo contento que estoy de tener aquí reunidos esta pequeña muestra de Federicos.

    Saludos, maquinistas ;)

  6. el aniversario 75 de su desparición, no trágica ni necesaria: relativa, siempre relativa, pues ha seguido creciendo

  7. Pingback: EXPOSICIÓN FEDERICO GARCÍA LORCA » Langues vivantes au lycée Fourier

  8. Pingback: | Netlex Focus

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