Lanzillotta

Cielo terra, Maurizio Lanzillotta, 2005

En una de mis secuencias preferidas de Amarcord (Federico Fellini, 1973), el abuelo sale temprano de casa y queda estupefacto al ver la espesa niebla que ha invadido el pueblo. En su monólogo, el anciano dice lo siguiente:

¡Qué hermosura!… No se ve absolutamente nada… Me guiaré con el muro. Desde el año 22 no veía una niebla así… ¿Dónde estoy? Parece que no estoy en ninguna parte… Si la muerte es así… no es muy agradable… Todo ha desaparecido…. La gente, los árboles, los pajarillos del cielo, el vino… ¡Hay que joderse!

Niebla, nieve, o trasatlánticos iluminados en la noche, lo que a Fellini le preocupaba con estas imágenes recurrentes era la suspensión de lo ordinario mediante la irrupción de lo inusual, pero llevando la situación cinematográfica hasta el límite de lo sobrenatural. El abuelo de Amarcord, desorientado, experimenta la niebla como prefiguración de la muerte, pero cuando poco después su nieto toma el camino del colegio, la niebla se convierte para el niño en otra cosa muy diferente: el perfecto caldo de cultivo de lo fantástico, la atmósfera propicia para la inserción de una situación que en la filmografía felliniana tiene gran importancia: la epifanía. Es esto lo que acude a mi mente cuando miro los cuadros que Maurizio Lanzillotta (Campobasso, Italia, 1960) dedicó por entero al paisaje y a la bruma hace unos años, y me parece que la analogía con Fellini se sostiene no solo por las raíces italianas del pintor, sino por su relación personal con la Baja Padana, esa región fría y brumosa del norte de Italia de la que era oriundo el cineasta (que nació en Rímini en 1920), y donde Lanzillota pasó su infancia y juventud antes de instalarse definitivamente en España a finales de los años ochenta.

Niebla matutina, Maurizio Lanzillotta, 2006

Como un Monet obsesionado con la fachada de la Catedral de Rouen o con los nenúfares de su propio jardín, Lanzillota ha realizado numerosas variaciones en torno a un conjunto de elementos muy precisos: una pradera, una encina, y una todopoderosa niebla que, real o imaginada, nos conduce al terreno del sueño o incluso de la mística. Bien es cierto que a priori la pincelada de Lanzillotta poco tiene que ver con la vibración impresionista, pero la compleja gradación de tonos y colores y el papel primordial que la luz (esa luz totalmente tamizada) juega en estas imágenes hacen más plausible el símil. No olvidemos que lo que habita en el centro del nudo plástico que a Monet preocupaba en sus catedrales es, bajo presupuestos diferentes, lo mismo que había intrigado a Turner con anterioridad y lo que impulsó después a Rothko o a Klein en sus ejercicios cromáticos abstractos: la pintura liberada tanto del dibujo como del tema y corporeizada únicamente a través del color. El itinerario que históricamente (e hipotéticamente) lleva de la figuración a la abstracción es el que Lanzillota ha invertido a lo largo de su carrera, y en estos paisajes se ofrece brillantemente relativizado y contaminado de otros momentos de la pintura.

Pleno día, Maurizio Lanzillotta, 2006

Porque estas imágenes también desprenden una surrealidad patente, y no lo hacen sino por la vía de la pittura metafisica: extensiones desoladas donde unos escasos objetos de naturaleza arquetípica (una nube, un árbol, un pez, un pájaro) se ofrecen con todos los rasgos de lo poético y lo trascendente. Como el espejismo que vibra y se desdibuja en la flama del desierto, la niebla de Lanzillotta solo nos deja entrever o imaginar algo que, a pesar de su sencillez, logra sin lugar a dudas hacer pasar por excepcional. Pero la metafísica de Chirico se apoyaba sobre el extrañamiento de las perspectivas forzadas y quizás también del tiempo suspendido, y esto en cierta forma está en Lanzillotta, pero la metafísica de Maurizio viene reforzada por el desdoblamiento, y me refiero a esas nubes traviesas y camaleónicas, escultoras, que toman la apariencia de los árboles, y al agua prístina que copia como en un espejo el cielo y la tierra, desdoblando a su paso árboles, nubes, pájaros y estrellas. Me parece que se esconde aquí un guiño a aquel Magritte felizmente obsesionado con las nubes y con los desdoblamientos de la imagen. Si estas mágicas praderas de Lanzillotta son, como se ha dicho, una transubstanciación pictórica de las dehesas de la meseta castellana, y por tanto -como en toda pintura figurativa en mayor o menor grado- un desdoblamiento, se trata de un desdoblamiento abromado (por la bruma y por la broma) y multiplicado en el interior de la pintura, en una superficie donde todos los desdoblamientos están unidos en una sola naturaleza: la pintura y nada más que la pintura, ventana que en la imprecisión de su contenido, y precisamente por esa imprecisión, acapara y solicita la voracidad de nuestra mirada hundida, anegada y encantada en esta niebla lechosa.

Encina y nube, Maurizio Lanzillotta, 2006
Encina y estrella, Maurizio Lanzillotta, 2006

Pero a veces los árboles no nos dejan ver el bosque, y la niebla no nos deja ver la nube: ¿Qué es la niebla sino una nube enorme que ha descendido sobre nosotros, que se ha dignado a tomarnos, y cuyos límites no podemos distinguir como cuando las observamos de lejos, seguros de reconocer su silueta, o al menos el límite del vientre dentro del cual, como Jonás, hemos ido ahora a parar en estos cuadros?  Se dice que la estancia de Jonás en el vientre de la ballena (¿o de la nube?) es una prefiguración de la muerte y resurrección de Cristo, y Murillo arropó sus Inmaculadas con edredones de lechosas nubes. La imaginería celestial tiene una raíz fundamentalmente pictórica, pero estuvo ampliamente realimentada a lo largo del siglo XX por el cine, que concibió el cielo escatológico como un espacio inmaterial dominado por una inmaculada niebla. Sin ángeles ni rompimientos de gloria, sin frotamientos de alas, potencias, nimbos, y en suma, sin aparato celestial, me parece que los paisajes neblinosos de Lanzillotta son sin embargo paisajes hierofánicos. Afirmaba Mircea Eliade en Lo sagrado y lo profano (1965) que “la sociedad moderna habita un mundo desacralizado”, pero la noción de lo sagrado no es una cualidad palpable de los objetos, sino una proyección desde el individuo, un tipo de proyección que para la mayor parte de los mortales se apoya en la herencia cultural, pero que para algunos artistas tiene su agente provocador en lo que les rodea:

Por lo que se refiere al paisaje me impresionó mucho desde el principio la meseta castellana. Me fascinaban las enormes distancias que podía alcanzar el ojo en cualquier dirección. El vacío, ese vacío inmenso y estremecedor intensificado aún más por la esporádica y solitaria presencia de alguna encina. Tenía la sensación que estos espacios encerraban y dejaban intuir unos misterios insondables, algo difícilmente explicable con palabras y estrechamente relacionado con el espíritu.
Maurizio Lanzillotta
Atardecer, Maurizio Lanzillota, 2006

No carece de sentido, por tanto, que Lanzillotta haya realizado un pequeño vídeo titulado La ascensión de la encina, en la que los elementos de estos lienzos estáticos cobran movimiento: la encina vuela, la nube toca tierra, los términos se invierten, las tensiones parecen consumarse, pero el misterio afortunadamente, persiste, y es porque bajo la hierofanía de Lanzillotta se ocultan el recuerdo personal y la nostalgia de los paisajes de su infancia. Como Fellini, que es uno de los grandes cineastas del recuerdo y del sueño -y del que no sin razón se dice que era un cineasta-pintor- Maurizio ensaya y visita reiteradamente una imagen mental que solo puede plasmar por medio de la imprecisión y la poesía, porque esos son los márgenes en los que habita todo misterio.

Cada vez percibo una mayor nostalgia del “lugar de origen”, pero de una forma más literaria que real. Quizás esto signifique que me estoy haciendo más español, así que lo que fue novedoso y excitante durante los primeros años, ahora representa mi cotidianidad, mientras que encuentro cada vez más irreal, y por lo tanto más poética, mi lejana experiencia de Italia. Durante mi infancia y juventud, a causa del trabajo de mi padre, cambié varias veces de ciudad y de región. Esto me causaba dolor y un sentimiento constante de perdida que me hizo conocer muy a fondo, e incluso amar, el sentimiento de la nostalgia. Creo que, en realidad, ya de adulto me hice emigrante, no por razones de trabajo o por casarme con una extranjera, sino por no perder nunca ese sentimiento, que quizás sea metáfora de una nostalgia existencial. En verdad, creo que no es mucho más que esto lo que quiero expresar en mis cuadros.
Maurizio Lanzillotta
Anochecer, Maurizio Lanzillota, 2006

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Página web de Maurizio Lanzillotta

Las citas del artista provienen de Un diálogo con Maurizio Lanzillotta, de Eugenio Castro

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Acerca de Rrose

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5 respuestas a Lanzillotta

  1. Ingenioso y travieso Maurizio! Con èl aprendì muchas cosas, en el taller y fuera.

  2. Mamen dijo:

    Me ha gustado mucho y la pintura ATARDECER ,maravillosa
    besos .

  3. malvisto dijo:

    Impresionante, no sólo las imágenes; más bien el modo en que HABLAS de ellas. Porque al leer he quedado incitado y como ya involucrado en ellas, las imágenes, desde las palabras. Gracias, y bien hecho.

  4. Selenita dijo:

    Excelente texto, lleno de conexiones. Una más, otro pintor-director de cine: Theo Angelopoulos (Paisaje en la Niebla y otras..).

  5. Rrose dijo:

    Hola!

    Malvisto, muchas gracias por tus elogios, se hace lo que se puede ;)

    Selenita, muy cierto lo de Angelopoulos, pero es que lo de ese hombre es pura obsesión: solo rueda en pleno invierno!! La mirada de Ulises es una de mis pelis más queridas, y desde hace unos días tengo ganas de volver a ver “El paso suspendido de la cigüeña”.

    Saludos ;)

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